ARTÍCULO
Cuba: mujer y revolución
Brigida Pastor
Desde el triunfo de la Revolución cubana en 1959, los discursos de su líder
Fidel Castro
han revelado las preocupaciones que tiene con respecto al pueblo cubano. En
gran medida
estos discursos han versado sobre la evolución del partido socialista en
Cuba, y ello ha
supuesto la integración de la mujer como parte integral del socialismo
cubano. Pero ¿hasta
qué punto se ha rescatado a la mujer del sufrimiento generado por la
opresión de las
mujeres en las sociedades patriarcales?.
Como Luce Irigaray ha destacado, en cierta medida, las teorías y las
prácticas sociales del
marxismo erróneamente intentan demostrar que la liberación de la mujer con
el hombre en
la sociedad se logra “por la igualdad en la posesión de bienes o por el
acceso a una
subjetividad del mismo valor para los dos sexos”. Castro estaba convencido
que la
destrucción del capitalismo significaría el final de toda discriminación,
puesto que todos
estos prejuicios se basaban en una economía capitalista, y el socialismo en Cuba
representaría la igualdad para todos. Este trabajo pretende analizar hasta
qué punto el
papel de la mujer cubana ha cambiado través de la historia y si el
socialismo ha contribuido
o no a establecer una mayor igualdad para el pueblo cubano. En primer lugar
quisiera
analizar la teoría de que el marxismo automáticamente abarca el feminismo, y
que “el
feminismo puede lograrse por medio del socialismo”, y sus contraargumentos, y
determinar si se puede aplicar el caso de Cuba. En segundo lugar, examinaré
los logros de
la Revolución Cubana en relación a la oposición de la mujer, y por último
exploraré el
impacto que el proceso evolutivo de la Revolución ha repercutido en las
vidas de las
mujeres cubanas. ¿Se podría hablar de la revolución dentro de la Revolución?
Engels en Origen de la familia escribió cómo el concepto de la familia
reproduce el
capitalismo a través de la institución de la propiedad privada, ya que se
necesitan
herederos para mantener la privatización de la propiedad. Asimismo, Engels
reconoce que
las mujeres mantienen una posición inferior en la sociedad y esto se
atribuye a la
institución de la propiedad privada. En una sociedad “ideal” (una sociedad
comunista) no
existiría la propiedad privada, y de este modo las mujeres no tendrían que
quedarse en
casa para mantenerla, y reproducir descendencia que a su vez la mantuvieran.
Es decir,
erradicar el capitalismo constituiría el final de la subordinación femenina.
Sin embargo,
varias feministas destacan que Engels no acertó a explorar la realidad de
las relaciones
patriarcales en la sociedad. Heidi Hartmann, en su ensayo, “The Unhappy
Marriage of
Marxism and Feminism” (“El desgraciado matrimonio del marxismo y feminismo”)
resalta
la forma en que las teorías marxistas no son satisfactorias para muchas
feministas. En la
analogía que ella establece, “el marxismo y el feminismo son uno, y ese uno
es el
marxismo”. Y en su opinión las mujeres en movimientos políticos de izquierda no
disfrutan del mismo estatus que los hombres que practican en los mismos
movimientos, a
pesar de que la base que define su ideología es la igualdad. Evidentemente,
según
Hartmann, la desaparición del capitalismo no conlleva la desaparición
automática del
sexismo. Asimismo Hartmann arguye que hay una necesidad de reelaborar la
idea de que
la lucha política está íntimamente vinculada con la jerarquía de clase; la
sociedad no está
solamente organizada en términos capitalistas sino en términos patriarcales
también, y el
conflicto al que se enfrentan las mujeres no es únicamente un conflicto de
economía
femenina, sino el conflicto hombre-mujer. De hecho, hay marxistas que
mantienen que
dedicar tiempo y energía a la lucha femenina es restar valor a la lucha de
clase social, pero
ignorar la situación inferior de la mujer en nombre de una ideología - una
ideología basada
en la igualdad - es descubrir que esa ideología no funciona.
Todo parece indicar que los gobiernos socialistas no han planteando el tema
del sexismo
de modo satisfactorio. Por ello las nuevas legislaciones que se han
introducido en defensa
de la igualdad legal de la mujer con el hombre, en realidad no han cambiado
de forma
radical la vida de las mujeres en el mundo real, y un ejemplo representativo
es el caso de
Cuba. Las creencias ideológicas de Fidel Castro se inclinan hacia la
interpretación
tradicional del pensamiento marxista, que considera que el feminismo sólo
puede lograrse
a través del socialismo. Pero esto no quiere decir que del socialismo derive
incuestuionablemente el feminismo. El discurso que pronunció Castro en Santa
Clara en
1966 indica que él mismo reconocía que todavía quedaba un largo camino que
recorrer:
“Nos parece que las mujeres todavía tienen que luchar y hacer grandes
esfuerzos para
conquistar el lugar que realmente deberían tener en nuestra sociedad”.
Por su parte Liss Sheldon en su libro Castro’s Political and Social Thought (El
pensamiento político y social de Castro) comenta que la visión de Castro
sobre la mujer
que se ha desarrollado a la par que la Revolución, y que la opinión general
en Cuba es que
el hombre es producto de una sociedad en que el machismo está profundamente
arraigado,
lo que tiene un entendimiento notable con los problemas y contradicciones a
los que se
enfrentan las mujeres, y se considera que Cuba tiene el liderazgo de los
movimiento
femeninos Latinoamérica. Pero la visión socialista de Castro no concuerda
totalmente con
la teoría de Engels que la familia es un elemento superfluo y negativo que
sólo promueve
el capitalismo. Aun más, Castro propone que la familia representa la piedra
angular de la
sociedad, demostrando así su habilidad para adaptar los conceptos
ideológicos del siglo
XXI cubano. Carolina Aguilar y Alicia Chenard, integrantes de la Federación
de Mujeres
Cubanas, opinan que Cuba es tal vez un caso único en el logro del
equilibrio, una posición
lógica para las mujeres en un marco socialista, un contexto desde el que las
mujeres
pueden luchar por una mayor igualdad con el apoyo del gobierno: “Sentimos
profundamente que los partidos marxistas hayan fracasado en compartir
activamente los
problemas de la mujer, actuando como si el socialismo pudiera solventar este
problema en
toda su complejidad”. Pero si el socialismo ha intentado legitimar la
situación de la mujer
como distinta y separada a la del hombre, ¿hasta qué punto podría decir que
las mujeres
han logrado derechos propios y han conseguido logros que mejoren su papel en la
sociedad?.
La Federación de Mujeres Cubanas fue fundada en 1960, y fue el primer paso de la
Revolución por integrar activamente a la mujer en el proceso de la
Revolución. Es un
hecho que la Revolución necesitaba a la mujer del mismo modo que la mujer
necesitaba a
la Revolución. Desde entonces, se ha diseñado una legislación cubana que
tenga un efecto
directo en la vida de las mujeres. Un avance crucial ha sido el de la
anticoncepción y la
natalidad, proporcionado a la mujer libertad para trabajar y no estar
subordinada a
frecuentes embarazos y al cuidado de familias numerosas. Además, cuba es el
único país
en Latinoamérica que ha legalizado el aborto. Cuba no sólo ha intentado prevenir
embarazos no deseados y ha proporcionado a las mujeres su propia elección,
sino que
también ha apoyado el problema de la maternidad misma. La mujer cubana ya no
tiene que
elegir entre la maternidad y su carrera profesional. Las mujeres reciben 18
semanas de
permiso de maternidad y se les ofrece un horario reducido durante el primer
año del
nacimiento del niño si desean continuar trabajando. Además, las madres
trabajadoras
también reciben apoyo estatal para el cuidado de los niños. A veces los
adolescentes
(Organización de la Juventud) ofrece sus servicios a tiempo partido,
liberando a las
madres de diarias tareas domésticas, y en 1975, el Código de la Familia fue
introducido,
declarando que en el trabajo doméstico ambos componentes de un matrimonio tenían
igualdad de derechos y deberes, por lo que las tareas del hogar no deberían ser
exclusivamente femeninas.
Por otro lado, la mujer cubana puede acceder al divorcio de modo fácil y con
menos
controversia que en el pasado. En general, a la mujer se le ha ido
integrando en el trabajo
laboral con bastante éxito, y en este sentido ha habido cambios favorables
también. La
mujer está protegida contra despidos injustos y puede tener acceso a educación y
formación profesional necesarias, e incluso en todos los proyectos, un
cierto número de
trabajos están exclusivamente reservados para las mujeres. Inés Cristina
Reca, destaca el
incremento de un ocho por ciento de mujeres en el mundo laboral entre 1960 y
1980, y
comenta los avances significativos del pueblo Cubano: “It is significant
that advances
similar to those that cost European and North American women a century of
struggle have
been achieved by Cuban women in little more that twenty years”. Todos estos
desarrollos
son plausibles, pero ¿hasta qué punto afectaron la vida de la mujer común?
El problema con los cambios sociales que se imponen a través de la
legislación es que,
inevitablemente, la ley se adelanta a las actitudes sociales con respecto al
tema en cuestión.
En muchas sociedades europeas, se puede observar que la ley se alterna para
acomodar
cambios en actitudes sociales en su proceso de desarrollo, como en el caso
del sufragio
femenino o la legislación de la homosexualidad. En una sociedad
revolucionaria, estos
cambios pueden antes que la gente se encuentre preparada para asumirlos. Cuba
representa una pequeña proporción del enorme mundo patriarcal que es
Latinoamérica, y
los hombre cubanos no difieren en gran medida de los del resto de los países
latinoamericanos. Mientras que los nuevos roles femeninos han sido objeto de
revisión
durante años, los nuevos roles masculinos han sido descuidados. Por tanto,
las mujeres - a
la vez que son revolucionarias activas y trabajadoras activas - continúan
siendo esposas y
madres, y por consiguiente, terminan teniendo una doble tarea diaria: “Women are
integrated into social production, but men are not integrated into
reproduction”. Castro se
ha dado perfectamente cuenta de esta realidad y ha hablado de la necesidad
de crear más
centros para el apoyo a las mujeres con hijos pequeños, pero la raíz del
problema radica en
la actitud de los hombres.
La Revolución técnicamente liberó a la mujer, integrándola en el ámbito
laboral, aunque
esto no significa que sus maridos las apoyaran o estuvieran de acuerdo. En
1970, había
más mujeres solteras o divorciadas que casadas. Esto sugiere que la mujer
parece formar
parte integral de la esfera laboral hasta el momento en que tuviera que
atender a un
hombre en su vida, e incluso en 1984, los resultados de un estudio sugieren
que la
juventud cubana todavía consideraba las tareas domésticas de exclusivo dominio
masculino. Existe una paradoja que en el colegio un niño aprenda que el
hombre y la mujer
son iguales y deben compartir tareas equitativamente, incluyendo las de
naturaleza
doméstica, pero cuando regresa al hogar, el modelo observado es el papel
tradicional de
la madre realizando las tareas caseras, mientras que el padre no participa
en las tales
labores.
También cabe destacar la actitud del hombre cubano respecto al uso de los
anticonceptivos. La idea de que la mujer se capaz de controlar su propio
cuerpo genera
miedo en muchos hombres, especialmente en una sociedad en la que el concepto
de la
familia es todavía símbolo de hombría. Asimismo, estas actitudes son
exacerbadas a veces
por los propios temores de las mujeres. Por ejemplo, en muchas partes de
Cuba, se recurre
a la anticoncepción con recelo: las mujeres no sólo consideran la
anticoncepción como una
interferencia para la propia naturaleza humana, sino también tienen miedo
que el hecho
que se facilite una mayor seguridad en las relaciones sexuales pueda
potenciar el amor
“libre”, que lo valoran solamente libre para los hombre y como una amenaza a la
estabilidad del matrimonio. Evidentemente, Cuba sufre las contradicciones a
las que se
enfrenta la mujer cubana, y el mismo Fidel Castro lo ha explicado al crítico Lee
Lockwood: “Neither customs nor traditions can be changed easily, not can
they be dealt
with superficially”.
Pero ninguna progresión social existe sin sus oponentes y es comprensible
que durante el
periodo de la Revolución se hayan introducido cambios que han reproducido
positivamente en el desarrollo del papel de la mujer, también hay mujeres
que admiten
haber experimentado una mayor realización y felicidad antes de la
Revolución. Por ello,
las limitaciones de la Revolución respecto al tema de la mujer deben observarse
retrospectivamente. No cabe la menor duda de que los cambios generados por la
Revolución cubana tuvieron repercusiones positivas en la situación de la
mujer. Se
introdujo con la llegada de la Revolución, un programa de rehabilitación
para mujeres que
se dedicaban a la prostitución. El programa consistía en proveerlas de una
educación y
formación que les permitiera integrarse a la sociedad como seres
regenerados. Un estudio
realizado demuestra varios casos de mujeres que ensalzan el papel de la
Revolución en la
mujer cubana. Por ejemplo, el caso de Pilar López González, una ciudadana
cubana que
era prostituta en el momento que Castro triunfó con la Revolución. Atrapada
en la
pobreza, esta mujer se vio forzada a trabajar en un burdel para llevar
adelante la educación
de su hija, y cuando fue a matricularse en un centro educativo, descubrió
que uno de sus
antiguos “clientes” estaba a cargo de la dirección del centro. A raíz de
esta experiencia,
Pilar se volcó a la bebida y las drogas, e incluso intentó suicidarse antes
de que la
Revolución introdujera su programa de rehabilitación para prostitutas.
En conclusión, la Revolución cubana representó un gran avance en la emancipación
femenina, y de ahí que se pueda hablar de una “revolución dentro de la
Revolución”, como
el mismo Castro la definiera en su día. Es evidente que el caso de Pilar
López, como
acabamos de ver, no es un caso aislado, sino uno de los muchos ejemplos de
mujeres que
lograron libertades y una mayor realización personal y profesional con el
triunfo de la
Revolución. Por otra parte, hay censores del régimen castrista: aquellos que han
consideran que la Revolución no supuso cambios radicales en la mejor de la
situación de la
mujer, y también existen otros que critican a la Revolución por minusvalorar
los valores
tradicionales de la familia. En suma, la legislación que ha permanecido
vigente durante el
transcurso de estos años ha sido positiva, y ha tenido como meta la
erradicación de la
discriminación sexual. Con todo, solamente con la Revolución, no se puede
cambiar las
actitudes de una sociedad, cuyos valores han sido perpetuados por una
tradición de
hegemonía masculina.
La afirmación que hombres y mujeres son iguales bajo la Revolución se ha
convertido en
un opio socialista para el pueblo cubano. Todavía queda mucho terreno que
recorrer para
lograr la igualdad entre los sexos en Cuba y el trayecto en sí es
problemático y arduo. Para
que la igualdad de la mujer se convierta en un hecho real, es necesario que
se afirme como
un proceso histórico que conlleve la construcción de una cultura de lo
sexual que todavía
no existe respecto a los dos géneros. Castro ha intentado a través de todo
el proceso
revolucionario luchar por la igualdad de la mujer, cuando incluso ha
admitido que él
mismo había tenido actitudes discriminatorias hacia las mujeres de forma
inconsciente
hasta que se dio cuenta de la capacidad femenina para las tareas que
tradicionalmente
había sido de exclusivo dominio masculino.
El machismo es un aspecto definidor de la sociedad cubana y, por supuesto de la
mentalidad masculina de todos los países latinoamericanos, y se necesita
mucho más que
integrar a la mujer en el mundo laboral y profesional para combatirlo - con
Fidel Castro o
sin Fidel Castro. En mi opinión, los objetivos de la liberación femenina en
Cuba continúan
vinculados a una cultura que no ofrece a la mujer las oportunidades
subjetivas necesarias y
que a raíz de esta carencia de identidad propia muchas mujeres creen
encontrar en los
cimientos marxistas de la Revolución la esperanza de crear ilusiones de
futuro. Por todo
ello, se concluye que para sembrar el camino de avances para la mujer cubana, y
latinoamericana también contra el machismo, se necesita -independientemente
de que se
desarrolle dentro de un contexto socialista o no- que tanto la conciencia
masculina como
las luchas de las mujeres y, sobre todo, la lucha de cada mujer por
separado, tomen
conciencia de que es de justicia social reequilibrar el poder de un sexo
sobre el otro bando,
o devolviendo, ciertos valores culturales a la sexualidad femenina: La
justicia social no es
posible sin un cambio cultural.
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