Samuel:
Comprendo que yo no soy capaz de cambiar a ninguna persona, nunca he
creído en la omnipotencia del ser humano. Creo tan solo que con mis
acciones y un poco de amor, participo de la energía de otros para ser parte
de los cambios y transformaciones de la naturaleza misma, y cuando ya
no me queda mucha ilusión, cuando miro a mi alrededor y entiendo que
no podemos ayudar a aquellos que no desean crecer y aprender algo
nuevo, cuando pasa por mi mente la idea aterradora de que tal vez ésta
debe de ser una lucha individual y estoy a punto de decepcionarme de la
naturaleza ambiciosa del ser humano, de la superficialidad, del egoísmo,
de cómo somos capaces de cerrar los ojos ante el dolor ajeno...entonces
vienen a mis recuerdos tus ojos negros, grandotes, llenos de luz y de
armonía; te veo y admiro cómo, a pesar de la fiebre y de tus ganglios
inflamados, en tu naturaleza infantil y ajena de todo prejuicio encuentras
una razón para sonreír.
Te dejas abrazar y amar, me regalas una carcajada que suena a primavera
y a cascada de agua fresca, a emoción recién nacida, de ésas que estrujan
el corazón. Me enseñas que la gente adulta está tan ocupada cargando los
fardos de los problemas cotidianos, la mayoría inventados, que absortos
en la absurda carrera contra el tiempo olvidamos la esencia... lo que tú
sabes, lo que tu eres a tus seis meses de vida. Tienes el conocimiento
auténtico de la simplicidad de la vida, desconoces los sentimientos de
culpa, egoísmo, mentira y rencor que las y los adultos perpetramos. Eres y
representas la esencia de lo que buscamos algunas: el amor incondicional
que se da sin pedir nada a cambio, que sonríe y brilla, que sabe recibir la
ternura, que entiende de la otredad al alegrarse con la simple cercanía de
otra persona, aún cuando sea desconocida, sin juzgar o sopesar las
consecuencias de recibir su cariño nuevo, eres aquél que desconoce el
pasado y el futuro.
Vives hoy, y por tu sangre corre un virus del que no tienes conciencia,
éste se ha convertido en una parte de ti, él es quien te debilita y como
respuesta tu cuerpo tiene altas fiebres e inflamaciones ganglionares.
Eventualmente --nadie sabe cuando--, te llevará a volver a la naturaleza
que recién te creó. Me pregunto si el dolor te fortalece, si profundiza en tu
alma infantil, si acaso, como no has aprendido a juzgar y a sufrir
racionalmente, este amor a manos llenas que te dan tu madre y tu padre y
ese amor que inspiras en todas nosotras, son capaces de devolverte la
salud.
Me pregunto si cuando al abrazarte y pedirle a Dios que no te haga sufrir
Él o Ella les escucha. Se por experiencia propia que el amor es capaz de
sanar el cuerpo y el alma... y al mirar tus ojos profundos y dulces, pienso
y deseo de corazón que todo este amor te proteja, te nutra, te fortalezca, te
sane y, si no te salva, al menos te reintegre a la naturaleza con dulzura, sin
miedo.
Y sólo por eso recapacito, retomo con emoción la pluma. Sonrío ante la
perspectiva de que todas las personas que trabajamos escribiendo sobre o
estando cercanas a la gente que vive con VIH/Sida encontremos, a pesar
del dolor, de la impotencia, ese instante en que una caricia o una sonrisa
sean capaces de provocar una carcajada o un sentimiento profundo de paz
interior. En cualquiera de los que sufren, de las mujeres portadoras, de los
hombres enfermos, de las y los jóvenes moribundos. Si al menos nuestra
presencia y nuestro amor desinteresado reflejan por un segundo la
verdadera existencia de la o el Dios y su presencia en nuestro interior,
aunque sea una sola vez... entonces no desistiremos.
A cambio de una sonrisa llena de amor espiritual, que refleja que todas,
todos, somos uno mismo en el universo, entonces y gracias a ti,
seguiremos un año más escribiendo los doce meses del 2002 sobre la
importancia que tiene el hecho de que el gobierno mexicano facilite el
acceso a los cocteles antirretrovirales que impiden el contagio del
VIH/Sida en el útero materno; para que se elaboren campañas que
concienticen a hombres y mujeres sobre la equidad y el derecho de ellas
para decidir sobre sus propios cuerpos, y a exigir el uso de preservativos
sin miedo alguno. Para que se incluya en los presupuestos de salud
pública microbicidas a bajos costos, para que las mujeres puedan evitar el
contagio.
Qué Navidad tendrían las miles de mujeres portadoras del virus que en
este momento, en su segundo mes de embarazo, pasan las noches
angustiadas sin saber que hay maneras de lograr que su bebé nazca sano o
sana y fuerte. Qué año tendrías, Samuel, si pudieras sobrevivir sin dolor.
Qué año tendría este país si cada ser humano fuese importante, si cada
nota periodística tuviese del otro lado a una persona capaz de creer que sí
podemos cambiar al mundo.