Mientras los mortales comunes esperamos que nos confirmen si México es
igualita o se va pareciendo a Argentina, la ambivalencia de lo que sí somos
nos asombra. Pongo por delante el altiplano, ese lugar donde convergen todas
las formas de delincuencia y el ciudadano honrado y trabajador.
Me refiero, desde luego, al Distrito Federal y sus ampliaciones, donde para
muchos nos es imposible contar dinero a la salida de un banco por temor a
ser copados por un puñado de asaltantes; tampoco nos imaginamos bajar la
ventanilla del auto para atender a una persona extraviada en los laberintos
de la gran ciudad.
Lo que sí existe, en contraste en el resto del país. Cancún sin ir más
lejos: ahí la gente no sólo presume su reloj o cuenta su dinero frente a
quien quiera verlo, sino que hay gente que es capaz de prestarnos doscientos
pesos o más sin dificultad ni trámite cuando se percata de que no nos
alcanza para pagar la cuenta: "No te preocupes, ahí luego me lo pagas, en
cualquier rato me lo pasas"; conste, esto sin conocerte.
En Cancún la gente ayuda, se ayuda entre sí; y lo mejor de todo, se atreve a
tener confianza. La confianza es uno de los tantos apreciables bienes que
nos sustrajo el PRI en 70 años de monarquía.
La costumbre es lo que más cuesta erradicar. entre Vicente y Paco, entre
Beatriz y Labastida, entre Montemayor y Gamboa francamente prefiero
desconfiar de todos. Por lo menos hasta que unos tengan cara de que saben lo
que hacen, otros reconozcan lo que hicieron y todos asuman lo que están
haciendo y dejando de hacer.
Es la moneda de dos caras. Ningún priísta dijo nada durante la guerra fría
entre ellos mismos, después del asesinato de Colosio: ¿acaso no se filtraban
desde Los Pinos y Gobernación las declaraciones ministeriales de las viudas
de Colosio, no sólo exhibiéndolos sino en contra de su integridad física y
hasta de su vida? Tal vez no nos parecemos a Argentina, pero caminamos como
Patos y pueque seamos patos.