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martes 8 de octubre de 2002
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EN LA MIRA
Nuevos y viejos principios éticos para el feminismo

Sara Lovera | cimac

La evidencia de una desigualdad lacerante e indigna, cuyas cifras han rebasado toda la imaginación (19 millones de mujeres en el mundo viven con un dólar al día), ha generado ya algunas respuestas.

No puede olvidarse la reacción en Seattle y la aparición de los movimientos llamados globalifóbicos; tampoco pueden obviarse reacciones aisladas, pero constantes, de los habitantes del sur del mundo ni los foros sociales ni el renacimiento de ideologías que ya parecían enterradas.

En contrapartida, en los años de esta desigualdad ha habido la sensación de que avanzamos en la legislación, en el conocimiento y en la comprensión de muchas realidades nuevas: en los derechos humanos, en su identificación, su defensa y su promoción; en los derechos de las mujeres (reconocidos aun en estados muy conservadores), en los derechos de las niñas y niños, en el discurso de los estados donde aceptan la existencia de millones de pobres en el mundo, en la contaminación y, claro, en la existencia de las mujeres.

En apariencia las mujeres del siglo XXI presumimos de estos avances y reconocimientos. Hoy, decía una amiga argentina hace unos días, podemos hablar; hemos diagnosticado nuestra situación. Gracias a las tecnologías de la comunicación podemos hacer una cadena en la red del ciberespacio para oponernos a que lapiden a una mujer en Nigeria. Podemos protestar y contar con el apoyo internacional para denunciar los crímenes en Ciudad Juárez y pedir que cese la impunidad.

El problema, sin embargo, es que hablar, evidenciar, hacer visible la condición de subordinación de las mujeres en la vida pública y privada no ha servido en el fondo para detener el progreso del capitalismo salvaje.

Por eso es sumamente importante que las mujeres del movimiento feminista internacional reflexionen seriamente sobre esta situación y decidan colocar con mayor radicalidad las nuevas realidades de las mujeres. Que piensen seriamente en que ya es tiempo de abandonar los pasillos del cabildeo (nacional o internacional) para aprestarse a volver a politizar un movimiento que –sin duda– en el siglo XX fue el más revolucionario ya que interpeló a todas las instituciones de los sistemas económicos diversos.

Seguramente algunas de estas feministas, que se han desmarcado de la ilusión de “nuestros avances” han influido en nuevas realidades que no podemos obviar.

Por eso hay que festejar el tono y el esfuerzo, no sin dificultades, del noveno foro internacional de la Asociación para los Derechos de las Mujeres y el Desarrollo (AWID, en inglés), efectuado en Guadalajara, Jalisco, entre el 3 y 6 de octubre.

Ahí oí recuperar las palabras feminismo, patriarcado, capitalismo salvaje, identidad nacional y paz; pero una paz que no puede establecerse sin justicia.

Todas esas palabras fueron recuperadas, no sacadas del basurero del pasado; fueron recuperadas de cara a la realidad crítica. Todas esas palabras don necesarias y con nuevas y –en algunos casos– probadas estrategias que el feminismo ha ido hilvanando en los últimos años.

Es decir, gracias al foro de la AWID realmente se inició una nueva etapa de la que saldrán expulsadas las feministas que no puedan comprender que aún no es tiempo de ser socias profundas de los diversos enemigos, ni tampoco aliadas del Banco Mundial. No, no se puede.

Veamos un ejemplo: en las últimas décadas aparecieron nuevas formas de explotación. Las mujeres que lograron su derecho al trabajo y a la ciudadanía son las manos de ese nuevo sistema: sus cuerpos devastados respiran bajo las máquinas que fabrican implementos para la industria militar de Estados Unidos aquí en Tijuana, México, o en Honduras, en Centro América; o bien cultivan con su sangre las flores de ornato lo mismo en Colombia que en Tuxpan, Michoacán.

Nuestro ingreso masivo a las escuelas, fábricas y lugares antes prohibidos tienen su contradicción profunda en las prácticas ancestrales de humillación; lo mismo en muchas etnias del mundo que en la vida diaria de Nigeria o Afganistán donde las mujeres son mutiladas. Son mutiladas igual que como ahora las mutilan los químicos que se usan en las maquiladoras de Tailandia, China o la zona ahora destruida de Yucatán.

Y algo más, ¿dónde no hay militarismo?, ¿dónde no hay violencia? Veamos un mapa de Afganistán a Chiapas, o a Guerrero.

Quizá ahora esta preminencia de los principios y de la ética feministas, a pesar del mundo, de los descalabros y de la enajenación interesada (incluso por poderes menores e insustanciales), nos da, al mundo y a las feministas, una nueva esperanza.







       
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