No comprendo para qué tanta falsedad, tanta
hipocresía y tanta sutileza cuando ya el mundo sabe que
detrás de esta guerra está el petróleo y para el cumplimiento
de tal objetivo es preciso inventar guerras, buscar enemigos
y cambiarlos cuando haga falta, o aprovechar una coyuntura,
no importa cuál sea el precio para el mundo.
Después de los atentados del 11 de septiembre
de 2001, Estados Unidos lanzó una lucha contra el terrorismo
en el ámbito mundial, y ¿qué medidas se han tomado contra
el comercio ilícito de armas? ¿quiénes se están beneficiando?
El Fiscal de la Fiscalía Anticorrupción
de España, Carlos Castresana, escribe en un artículo publicado
en el diario El País, que “cabe preguntarse a fuerza de
resultar ingenuo, por qué el tráfico ilícito de armas, generador
no sólo de peligros para la salud individual y colectiva,
sino directamente determinante de la muerte de miles de
personas cada año en todo el mundo, en conflictos armados
o en atentados terroristas, no es considerado un crimen
internacional universalmente perseguible, sino ni siquiera
delito.
Cuántos y cuáles son los intereses que subyacen
a ese comercio letal para que no se regule y sus transacciones
ilícitas se persigan”.
Según Castresana, Estados Unidos es el principal
exportador de armas del mundo y controla el 50 por ciento
de ese mercado, me pregunto ¿a quién interesa tanta guerra?
¿se trata de salvarnos? ¿de salvar la democracia?
¿Qué pasa con el resto de los gobiernos?
Estamos en un mundo unipolar, pero no podemos esperar que
caigan las bombas cuando aún Europa no se sobrepone a las
secuelas de la Segunda Guerra Mundial. Las ciudadanas y
los ciudadanos podemos hacer exigencias a nuestros gobiernos,
tenemos mucho qué hacer y qué decir.
Es cierto que se escuchan voces antibélicas
pero suenan tan débiles que apenas se aprecian, en cambio
otras se suman y claman por más armas, más intervenciones.
En medio de ese coro, el presidente de Colombia Álvaro Uribe
Vélez, clama por un despliegue militar de Estados Unidos
en Colombia y sin ruborizarse dice que “hay un terrorismo
aquí con una capacidad de hacer un daño inmenso, un terrorismo
muy rico, como todo terrorismo, sin límites.
El sicoanalista de la Universidad de Antioquia,
Colombia, Héctor Gallo, deja en evidencia estas conductas
desde su disciplina de estudio: “La ley del neurótico, es
decir todo hombre articulado al orden significante de la
ciudad, independiente del tipo de masa a la cual se articule
para transgredirla o conservarla, es una ley que en el sentido
lacaniano del término puede ser ‘tradicional o escrita,
de costumbre o de derecho’”.
Lo singular de esta ley es que ella misma
contiene en su seno los grados de trasgresión que definen
una pasión criminal, que ha de expresarse en formas muy
diversas y aprovechando los medios que le sean favorables.
La guerra será un escenario privilegiado
para que dicha pasión silenciosa se ponga en acto sin tener
en cuenta el tribunal de la razón; la paz, un anhelo inscrito
en un ideal elevado que desfila por las calles de nuestras
ciudades; y la vida, un horizonte que resiste como contrapartida
que no quiere morir”.
FC/MEL