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martes 14 de diciembre de 2004
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INTERNACIONAL
Crónicas de la vida cotidiana en el Oriente que viene

Roger Maldonado, enviado Cimac | China

El vuelo entre Londres y Hong Kong es de unas 13 horas. Salí de Inglaterra para llegar a China, después de pasar el verano en casa de mis amigos Paul y Emilia. Ellos son viejos conocidos, -los conocí en un viaje de solidaridad a Nicaragua en los 80s-, y en ocasiones pasamos alguna temporada juntos. Mientras estaba en Inglaterra busqué entre algunas escuelas en China un trabajo para ir y enseñar inglés y conseguí una oferta en la ciudad de Zhuahi, en la Provincia de Guangdong, antes Cantón en el sur de China.

Durante los últimos años he vivido, como un yucateco errante, en varias ciudades: San Cristóbal de Las Casas, Xalapa y recientemente en Seattle, Washington en los Estados Unidos.

Esta vez ya no quería regresar a Washington, ante la preocupación, ahora confirmada, de que los resultados electorales serían contrarios a los que yo esperaba. Viví en Seattle por cuatro años y ahora quería ir a China, uno de mis sueños, más deseados; ahora con mis hijos cada día más independientes, esta sería la mejor oportunidad.

No pude dormir durante el vuelo, revisando las diversas etapas de mi vida. Recordé que en mi primer viaje fuera de México en 1973, estando en Zurich, Suiza, me encontré por primera vez , en un museo, ante la deslumbrante cultura China y como desde entonces la he seguido incansablemente.

En 1995 publiqué mi primer libro sobre la poesía china, Tinta China, mismo que me hizo mantener mi sanidad mental, revisándolo a diario, durante la Insurrección Zapatista de 1994.

Llegué a Hong Kong al mediodía y desde el aeropuerto me embarqué rumbo a Macao, en un moderno trasbordador de la Boeing; para entrar caminando por la puerta de Gombei a la República Popular China.

Hong Kong y Macao, aún cuando ahora son ya parte de China, permanecen como puntos de interés especial, desde donde se llevan a cabo muchas de las importaciones y exportaciones más otros intereses financieros de la nueva China.

Tome un taxi en el aeropuerto, -luego supe que el chofer me vio la cara de “turista” cobrándome el doble de la tarifa-, y llegué a un lugar cerca de la frontera; allá tuve que contratar a un cargador, quien subió mis maletas a sus espaldas y salimos para caminar hasta China.

Al llegar a la frontera, en un edificio descomunal, me formé en una fila por un par de horas esperando mi turno: a mi alrededor había tanta gente que parecía la salida de una final en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, desde entonces me di cuenta que los chinos son realmente muchos, más de un billón.

A pesar de que estaba yo pendiente de mi cargador, simplemente lo perdí de vista; y por unos momentos pasé por el triste dilema de haber perdido mis maletas, mis libros y solo tenía lo que llevaba puesto.

Sin embargo, él tenía un permiso especial por lo que entró rápidamente y me estaba esperando cuando salí de la cola. Ese día también aprendí que los camaradas (la mayoría) son honestos, aunque como en todos lugares cobran más cuando pueden.

Por cierto, el guardia fronterizo me miró cuidadosamente, no creo que haya tenido muchos pasaportes mexicanos en sus manos ese día. Finalmente sonrió y me dijo en inglés: “Welcome to China”.

Mis contactos en China me habían pedido que en cuanto entrara en Zhuhai, les hablara por teléfono y ellos vendrían a buscarme en la frontera para llevarme a los dormitorios de la escuela.

Así que mi primer problema consistía en ¿cómo llamarles? Y ¿cuánto costaba la llamada? Junto a mí se congregaron unos10 o 15 chóferes de taxi, quienes estaban mas bien entretenidos con el extranjero; todos querían practicar las pocas palabras en inglés que sabían pero ni así podía yo comunicarme con ellos.

Finalmente, les dije que quería hacer una llamada y también les pregunte el costo. Inmediatamente, todos sacaron al menos un celular y alguno hasta dos y me los ofrecieron para que yo hablara. Así me di cuenta que todo mundo en la calle tiene celular. Es más, China es el primer consumidor de celulares en el mundo; tienen tantos como los norteamericanos tienen armas.

La ciudad de Zhuhai es moderna, de amplias avenidas, con muchos jardines bien mantenidos y un tráfico de gentes, y vehículos que aunque parecen caóticos, aunque luego me pude dar cuenta, que todos saben como andar por sus calles. Zhuhai fue diseñada por arquitectos urbanos del primer mundo; sin embargo, la gente anda por las calles como mejor les convenga; todas las calles parecen salidas del Metro y hay que estar atentos siempre porque una bicicleta, o una moto silenciosa pueden aparecer súbitamente.

Hace 20 años, Zhuahi era una ladea de pescadores de menos de 100 mil habitantes, ahora pasan del millón, y aunque se ha desarrollado incansablemente, aún conserva cierto aire provinciano y es una ciudad limpia.

No es lo mismo que Shenshen, otro puerto cercano que está frente a Hong Kong, que se ha desarrollado sin control y padece altos índices de contaminación, de ruido y otros problemas urbanos.

Shezhen fue el primer lugar en donde el pequeño y fumador incansable, Deng Xiaoping anunció la apertura de China a los mercados del mundo. China “se levantó” en 1949 con Mao Zedong, pero fue Deng quien logró ponerla en el lugar donde se encuentra ahora.

2004/SM

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