OPINIÓN
Es tiempo de
romper con el maltrato escolar
Teresa Morales Duke* Cimac | México, DF
“…
y que a tu edad sepas bien lo que es romperle el corazón
a alguien así…” De
la canción No, de Shakira
Los métodos disciplinarios incluyen golpes, castigos
y excesos verbales. La Comisión Estatal de Derechos
Humanos (CEDH) de Zacatecas despliega una acción
sin precedentes para sensibilizar a las partes involucradas
y proteger a los menores. Aceptan la Secretaría de
Educación y Cultura (SEC), la Sección 58 y
los padres de familia una acción conjunta para corregir
el fenómeno de la violencia en las aulas.
El
Consejo de la CEDH acordó entrar de lleno a un asunto
al que no se le ha dado la debida importancia y que no existe
en la agenda del quehacer público. Se trata del maltrato
escolar, el cual, desafortunadamente, es un fenómeno
de gran magnitud que se ha vuelto parte de nuestra cultura.
El
maltrato escolar es el uso de la violencia física
o emocional por parte de los maestros hacia el alumnado.
Provee a los menores de inseguridad, trastornos emocionales
como conductas agresivas y depresión, así
como de rechazo a la escuela. Lamentablemente, los padres
de familia –por desconocimiento- suelen avalar estas
prácticas que consideran correctivas.
A la luz de los Derechos del Niño existe un encontronazo
entre las disposiciones de carácter internacional
con reconocimiento nacional y estatal y las formas en que
se imparte la educación.
Luego
de reiteradas denuncias, que fueron inicialmente tratadas
por la vía de la conciliación, la CEDH aplicó
un estudio muestra que incluyó 10 escuelas. Este
primer acercamiento permitió conocer que más
del 30 por ciento de las niñas y los niños
encuestados reveló ser objeto de golpes con el borrador
del pizarrón en la cabeza y con la regla en las manos,
así como estirones de cabello y otros castigos que
los expusieron al ridículo frente a sus compañeros.
Mucho se ha hablado de la calidad educativa y, sin embargo,
la idea nos remite a un enfoque exclusivamente académico,
de contenidos y programas. Pocas veces es considerado el
aspecto del método o la forma, y no sólo su
impacto inmediato en la personalidad de los niños
y las niñas, sino la trascendencia para forjar su
personalidad.
Los menores tienen derecho a que se proteja su integridad.
Esto se refiere concretamente a cualquier acción
u omisión que implique desprotección o atente
contra la integridad del menor y produzca, como consecuencia,
la corrupción, la explotación, la drogadicción,
el abuso sexual u otro daño físico o mental.
En
el caso que nos ocupa, la implicación directa en
agravio de los educandos es el daño físico
y mental. La Ley General de Educación, tanto federal
como local, garantiza al educando la protección y
el cuidado necesarios para preservar su integridad física,
psicológica y social sobre la base del respeto a
su dignidad, y para que la aplicación de la disciplina
escolar sea compatible con su edad.
Decíamos
párrafos atrás que no es la primera ocasión
en que la CEDH investiga en el campo escolar. Otros casos
de agresión física y verbal han sido tratados
directamente con los maestros que fueron señalados
por maltrato. La actitud inicial de ellas y ellos es de
incredulidad, sorpresa y hasta extrañamiento. Esto
ha llevado a una conclusión primaria sobre el hecho
de que justifican la agresividad como herramienta “efectiva”
y desconocen que constituye una práctica prohibida.
Con
razón se diría que es ingenuo creer que los
maestros y las maestras no se han dado cuenta de su falta
y que, en lugar de sensibilizarse y aceptar errores, se
autojustifican. Lo que ocurre es que el ejercicio de autoridad
bajo estos criterios es un rasgo cultural de la impartición
de la educación que, sin embargo, tiende a desbordarse.
Hay
que reconocer que las conductas agresivas no provienen sólo
del magisterio, sino que se convierten en un fenómeno
que cruza todos los ámbitos de la sociedad. La violencia
está en la familia, en la calle, en los hospitales,
en los policías, en los servidores públicos,
en los medios de comunicación, en los partidos políticos,
en las políticas de Estado, en el gobierno. Más
bien hay que preguntarse dónde no. Se concibe la
violencia, pues, como un mal estructural, por más
que sea antinatural.
La
neurosis, reconocida como uno de los trastornos mentales
más comunes que generan violencia en nuestra época,
parece ser el referente inmediato del mal que nos agobia.
Y detrás de ésta, una madeja difícil
de desenredar.
Todo
esto lo podemos entender, pero no podemos justificarlo cuando
los daños tienen impacto en terceros; en este caso,
los niños y las niñas. Sobra decir que los
niños maltratados se vuelven reproductores de violencia
y que este momento histórico torna urgente romper
estos círculos viciosos.
Si
bien éste es un momento en que el problema de la
violencia familiar o violencia doméstica ha logrado
ocupar un lugar en la comprensión social y en su
tratamiento dentro de las políticas públicas,
el siguiente escalón -en un campo diferente- es el
de la violencia escolar enmarcada en el tema de la violencia
áulica.
Los padres de familia, las instituciones educativas, los
sindicatos de maestros y otros actores se ven emplazados
a abordar este problema de manera conjunta. Por lo pronto,
en el estado se procederá inicialmente al levantar
un diagnóstico que permita conocer más a fondo
la dimensión del maltrato escolar y diseñar
un tratamiento tendiente a modificar estas conductas.
No menos importante es el abuso sexual en las escuelas,
donde es poco atendido y, por ende, poco reconocido por
las autoridades educativas. El abuso va desde el acoso hasta
la violación y, en algunos casos, la explotación
sexual de las y los menores.
Existen
cuatro grandes barreras para poder ubicar, resolver y prevenir
con eficacia este problema:
1.-
La aceptación, por parte de los padres, de la violencia
institucional como método adecuado de enseñanza.
La madre y el padre colaboran, aceptan y hasta alientan
el maltrato a los niños por parte de los maestros,
y llegan al doloroso extremo de culpar al menor por el hecho.
2.-
El silencio de las niñas y los niños, quienes
por temor o por inmadurez aceptan el maltrato como parte
de su relación con los maestros de la escuela. Consideran
normal y hasta justo el castigo severo por no haber aprendido
la lección, por no haber llevado la tarea o porque
el padre, la madre o el tutor no asistieron a la junta escolar.
3.-
Asimismo, la formación del maestro, porque el mentor
pudiera ser un sujeto producto de un medio hostil y considerar
positivamente sus actos de abuso de poder como formas adecuadas
de la prestación de su servicio profesional y como
métodos aceptables de disciplina.
4.-
Las autoridades educativas, en tanto que en la actualidad
existen diversos factores que impiden que un docente perpetrador
de maltrato deje de laborar en el sistema educativo. Por
un lado está la actitud de las autoridades que pretenden
ocultar o minimizar los hechos en aras de preservar la “integridad
de la institución”. Por otro, pero en el mismo
sentido, se encuentra la acción sindical que protege
al agresor.
En
Zacatecas se ha dado un paso de gran trascendencia del que
públicamente ya dieron cuenta los actores en una
conferencia de prensa conjunta que empezó por el
reconocimiento del problema y continuará con el levantamiento
de un diagnóstico; de esto se derivarán acciones
para entrar de lleno en este asunto. La CEDH ejercerá
el seguimiento correspondiente y orientará medidas
que sensibilicen al magisterio para imprimir los cambios
necesarios.
*Consejera de la CEDH de Zacatecas
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