Crónica
de un abuso desde el poder
Mi detención,
Lydia Cacho
Lydia Cacho Cimac
| México, DF
Nunca
cuestionaré el derecho de una persona que se siente
calumniada a demandar a una periodista. Todos los y las
profesionales estamos sujetas a ello.
En los tribunales se debe ventilar con pruebas si hubo o
no una calumnia en un trabajo periodístico. En el
peor de los casos se trata, según la ley, de un delito
menor, que alcanza fianza si se responde a los citatorios.
Sin embargo, en este caso, se trata de algo mucho más
grave.
Mi trabajo profesional como periodista, en este caso particular,
se vincula directamente al otro oficio igual de importante
en mi vida: el trabajo de protección y atención
directa a mujeres y niñas víctimas de violencia.
Primero: las cosas fueron maquinadas para fabricar una orden
de arresto. Cuando hay una denuncia por difamación,
la o el juez pide que la o el periodista acuda para responder
a la demanda. El problema es que a mí los citatorios
del juez nunca me llegaron, pero al juzgado le hicieron
pensar que yo los ignoré. Ese desacato, del que yo
estaba ajena, es lo que desencadenó la orden de aprehensión
por parte del juez quinto de lo penal en Puebla, ciudad
en donde origina la denuncia mi demandante, a 1,500 kilómetros
de Cancún.
Esta es una violación a mis garantías individuales
más elementales, porque no se puede girar una orden
de aprehensión sin asegurarse de que la o el acusado
no ha recibido los citatorios. Violaron mis garantía
constitucionales correspondientes a los artículos
14,16 y 20, que aseguran mi derecho a ser escuchada ante
los tribunales.
Segundo: Una vez lograda la orden de aprehensión,
se orquestó todo un operativo para desencadenar un
verdadero infierno sobre mi persona:
•
Se traslada desde Puebla un convoy de dos autos con cinco
judiciales; y a ellos se incorporan al menos otros tres
vehículos en Quintana Roo para efectuar un operativo
sobre mi persona digno de la aprehensión de un capo
del narcotráfico.
• La detención se realizó el viernes
a las 12:30 al arribar yo a mi oficina. Me rodearon cuatro
judiciales armados para subirme a un vehículo, escoltados
por otros cuatro vehículos. El despliegue me hizo
pensar lo peor en ese momento. Luego se confirmaría.
• Fui llevada a la Procuraduría de Quintana
Roo, porque una diligencia em otro estado requiere la autorización
de la Procuraduría local. Lo que normalmente es un
trámite de varias horas sospechosamente se hizo,
en versión fast track, en no más de 20 minutos.
UN “SECUESTRO LEGAL”
• Se hizo la estrategia para deshacerse de la custodia
de agentes de la AFI que me asignó el gobierno federal
luego de las numerosas amenazas de muerte que he recibido.
En el momento en que me aprehendieron, los AFI no estaban
conmigo, pero llegaron tras de mí a la Procuraduría
Estatal en Cancún. Los judiciales poblanos les aseguraron
a los agentes federales que podrían acompañarme
en el recorrido por carretera a Puebla pero, tan pronto
hicieron su gestión, me sacaron por la puerta trasera;
engañándome y asegurando que iríamos
por mi gente, me forzaron a entrar a un auto y se dieron
“a la fuga”, para tomar la carretera.
• En las oficinas de la Procuraduría se me
hizo un examen médico que establece el hecho de sufrir
de bronquitis, de encontrarme en recuperación de
una neumonía y de la inconveniencia de trasladarme
en un viaje largo por carretera. La médica legista
responsable expidió el certificado correspondiente,
pero los judiciales me sacaron antes de que llegase mi expediente
médico del hospital. Cabe señalar que en estos
casos de enfermedad la ley contempla la posibilidad de que
el desahogo de pruebas se haga a distancia, o el traslado
por vía aérea (1:45 hrs Cancún-Puebla).
• Durante mi detención no me permitieron acceder
a teléfonos ni el contacto con mi abogado. Me impidieron
tomar medicinas o ropa de abrigo para el viaje a Puebla;
les insistí en mi derecho a la salud y me aseguraron
que me acompañarían por mis medicamentos y
un suéter antes de salir.
• La fuga se realizó con el apoyo de judiciales
de Quintana Roo, quienes escoltaron al convoy para permitir
que escaparan con fluidez sobre el tránsito local.
Participaron al menos una decena de agentes locales para
sacarme a la carretera.
TORTURA PSICOLOGICA Y DE LA OTRA
Las primeras horas en la carretera me hicieron sentir que
el secuestro podría terminar en algo peor. Trato
hostil, negativa a permitirme alguna llamada, groserías.
Entre ellos comenzaron a conversar las ocasiones en que
habían muerto otros prisioneros. Habían leído
historias sobre mí en Internet y hacían referencia
a un “tipo de Torreón que me quería
matar”.
Me
aseguraron que querían pasar a ver el mar en la noche;
me preguntaron si sabía nadar, y uno de ellos habló
sobre “la gente que se ahoga”. Me preguntaron
por mi libro “sobre un pederasta” y hablaron
sobre cómo en las cárceles se viola a los
que se meten “en eso”. A mí me llevarían
a la cárcel.
En las 20 horas que transcurrimos por carreteras sólo
me dieron alimento y bebida en una ocasión. Durante
las primeras horas me negaban la posibilidad de detenernos
para ir a algún baño. A lo largo del traslado,
y pese al empeoramiento de mi afección pulmonar,
se negaron a detenerse para comprar algún medicamento.
Nunca sabré si realmente estaban esperando alejarse
de la península para proceder a ejercer algún
tipo de agresión física, pero me transmitían
todas las señales en eses sentido.
Por fortuna, en algún momento, luego de algunas horas,
recibieron una llamada de sus superiores, a partir de lo
cual el trato fue menos agresivo, cambiante, a ratos amable
y otros hostil. Luego pude enterarme de que la presión
de las ONG y de las redes de periodistas, enteradas de mi
“secuestro”, había propiciado llamadas
al gobernador de Puebla para hacerlo responsable de mi integridad.
La misma PGR, que se encontraba a cargo de mi custodia,
hizo un señalamiento al gobierno de Puebla en el
sentido de que lo hacía responsable de lo que pudiera
pasarme en el camino, toda vez que ellos me habían
dejado en la indefensión.
Poco antes de llegar a Puebla, en la caseta de entrada,
nos interceptó un vehículo para que dos mujeres
de la policía intercambiaran lugares con mis captores.
La procuraduría de Puebla había informado
a los medios que me habían detenido y trasladado
mujeres policías, acompañadas de un representante
de derechos humanos. Eso es absolutamente falso, aunque
lograron montar su mascarada para que yo entrara a las oficinas
en Puebla flanqueada por mujeres.
Una vez en Puebla, el trámite de mi presentación
ante el juez fue lenta y tortuosa. No se me ahorró
ninguna de las molestias: detención en un calabozo
inmundo, foto de rigor, revisión médica con
desnudez, al lado de un cuarto lleno de judiciales con una
mampara transparente de por medio.
Finalmente, salí a las 15:00 horas, luego de fincarse
una fianza de $70,000 pesos pagaderos en efectivo, aunque
originalmente era de $108,000 pesos. Hasta el último
momento fui advertida de que el trámite no podría
terminarse a tiempo: los bancos cierran en sábado
a las 2:00 de la tarde y no me sacaban de la cárcel
para declarar ante la jueza (estaban haciendo tiempo), por
lo que me tendría que quedar hasta el 2 de enero,
es decir 17 días más
EN RESUMEN
En el escenario más optimista, lo que se orquestó
fue una orden de aprehensión artificial para tener
la posibilidad de inflingirme el mayor castigo posible;
una especie de vendetta por haberme atrevido a hablar de
los poderosos. El traslado, el despliegue desproporcionado
de recursos policíacos, la tortura física
y psicológica y el típico sabadazo que intentaban
aplicarme formaron parte de una maquinación que sólo
puede explicarse por la “compra” de la justicia
por un particular para afectar a una periodista y defensora
de derechos humanos.
En el peor escenario, en el caso de que mi equipo y las
redes de mujeres y periodistas no hubieran denunciado a
tiempo para exhibir este “secuestro legal”,
podríamos temernos una ley fuga o alguna agresión
física.
Lo cierto es que una simple denuncia por calumnia, improcedente
-porque tengo las pruebas de lo que publiqué- consiguió
lo que agresores de mujeres y otros delincuentes de alto
calibre no habían logrado en todos mis años
como periodista y activista feminista contra la violencia:
sacarme de mi ciudad, despojarme de la protección
y dejarme completamente indefensa y vulnerable durante más
de 20 horas, en zonas aisladas y deshabitadas, sin saber
si podría perder la vida a manos de quienes deben
impartir justicia.
05/LC/YT

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