Crónica
de una persecución desde el poder
Un juicio político
contra el periodismo
Lydia Cacho* Cimac
| México, DF
Hace
unos días, en otro texto, describí la manera
ilegal y el trato hostil que recibí durante mi detención
en Cancún el viernes 16 de diciembre y el traslado
de 20 horas de carretera a manos de la Policía Judicial
de Puebla, en cumplimento de una orden de aprehensión
de la cual nunca fui enterada.
Se trató prácticamente de un secuestro “seudolegal”
y de un operativo que buscaba castigarme antes aun de ser
llevada ante el juez mediante la tortura psicológica
y la aflicción física. Sigo convencida de
que la presión sobre el gobernador poblano a las
pocas horas de mi detención impidió que en
ese trayecto se consumara una agresión mayor.
El carácter irregular de mi detención y posterior
encarcelamiento tomó sentido cuando resultó
evidente, en lo siguientes días, que mi aprehensión
y el juicio correspondiente habían sido negociados
entre el demandante y el gobierno de Puebla. De manera increíble,
las propias autoridades admitieron tanto la colaboración
como el hecho de que para ellos mi caso ya había
sido juzgado y sentenciado, ¡mucho antes incluso que
pudiera presentar pruebas para defenderme de la denuncia
por difamación!
Es tal la prepotencia y la costumbre de usar la ley con
fines represivos que estos funcionarios hacen caso omiso
de la separación de poderes y de la legalidad. La
procuradora de Puebla asume que hay dos clases de personas:
las y los ciudadanos y las y los periodistas. Para ella,
quienes ejercen el periodismo no deben recibir citatorios,
sino ser aprehendidos directamente. Y el gobernador añadiría:
“no sólo deben ser aprehendidos, sino también
condenados antes de presentar pruebas en su defensa”.
EL CONTUBERNIO
Admite la procuraduría poblana graves anomalías
en el arresto
Si
a la periodista Lydia Cacho no se le notificó sobre
la orden de aprehensión en su contra fue para evitar
que hiciera “un escándalo”, declaró
Blanca Laura Villena Martínez, titular de la Procuraduría
General de Justicia del estado de Puebla, quien así
reconoció que a la defensora de los derechos humanos
no se le advirtió sobre la decisión del juez
quinto de lo penal para detenerla por el delito de difamación.
(Publicada en La Jornada. 22 de diciembre).
Admite
Nacif apoyo de Gobernador Marín
Kamel
Nacif admitió el apoyo del Gobernador de Puebla,
Mario Marín, para generar una orden de aprehensión
en contra de Lydia Cacho por supuestas calumnias y difamación
en su agravio. "Le pedí al señor Gobernador
(de Puebla) de que está señora me está
calumniando, así, así, y él me dijo:
aquí no se calumnia a nadie, y ¡pum!, que le
dictan la orden de aprehensión.”
"Por
qué esta señora dijo en un programa de televisión
que yo tenía 100 denuncias de acoso sexual de costureras…
Pues chingaos, que malos gustos tengo yo", señaló.
(Publicada en Reforma el 24 de octubre).
El
gobernador de Puebla dijo que ya se ha explicado hasta el
cansancio el tema de Lydia Cacho, y que para él es
un asunto cerrado
El
gobernador de Puebla, Mario Marín, dijo que para
él la escritora Lydia Cacho es una delincuente, y
si no que lo demuestre.
"En
Puebla se respeta la Ley, no hay impunidad contra nadie,
y a la persona que comete un delito se le llama delincuente;
para mí es un delincuente o una delincuente que cometió
un delito. (Publicada en Reforma el 23 de diciembre. Puesta
en Internet el 22 de diciembre, un día antes de que
el juez dictara su resolución).
Consecuentemente y para sorpresa de nadie, el viernes 23
de diciembre, la juez quinto de lo penal me declaró
auto de formal prisión, una semana después
de mi aprehensión, pese a las pruebas presentadas.
Actualmente me encuentro en libertad bajo fianza, en el
inicio de un juicio que podría concluir con una sentencia
de cuatro años de cárcel y una multa.
ALGO ESTA CAMBIANDO
Hace no muchos años, el comportamiento del gobierno
de Puebla y el uso descarado de la justicia por parte de
los poderosos no habría generado mayor sorpresa.
En esta ocasión, en cambio, la respuesta ha sido
abrumadora. Organizaciones internacionales y nacionales
de derechos humanos y del derecho a la información
se han expresado en favor de mi caso (Amnistía Internacional,
el CPJ de Nueva York, la Comisión de Derechos Humanos,
la Organización Mundial contra la Tortura, la Sociedad
Interamericana de Prensa, entre otras muchas).
A ellas se sumaron multitud de ONG en México y el
mundo, la Cámara de Diputados, el gobierno de Quintana
Roo, los noticieros y diarios prácticamente de todo
el país, cientos de colegas y amistades, y una docena
de articulistas nacionales; dos países me han ofrecido
asilo político e incluso senadoras y políticos
priístas han rechazado el proceder del gobernador
Mario Marín.
Esta respuesta se debe, en mucho, a dos factores con los
cuales las víctimas de injusticias en México
no suelen contar. Por un lado, la exposición que
me proporciona mi oficio periodístico y mi trayectoria
en favor de los derechos humanos, y, por otro, el descaro
y los excesos cometidos por las autoridades poblanas.
Sin embargo, en el fondo la respuesta tiene que ver con
el hecho de que mi caso hace evidentes dos terribles anacronismos
de las leyes de imprenta e información en México:
1.- La criminalización de las y los periodistas.
El nuestro es uno de los pocos países occidentales
en donde aún se castiga con cárcel este tipo
de delitos. En realidad, la calumnia y la difamación
son delitos de opinión.
Los tratados internacionales de derechos humanos firmados
por México, y la Constitución misma, consagran
el derecho a la libertad de expresión. Nadie debe
ir a la cárcel por opinar de determinada forma. Desde
luego, es sensato que las leyes contemplen penalidades económicas
para estos delitos, pero no la cárcel.
2.- La difamación, tal como la definen las leyes,
se traduce en una acusación absurda. El código
de Puebla (artículo 357), muy similar en todo el
país, señala: “La difamación
consiste en comunicar a una persona o más personas
la imputación que se le hace a otra, física
o jurídica, de un hecho cierto o falso, que le cause
deshonra, descrédito, perjuicio o lo exponga al desprestigio
de alguien”.
Es decir, no importa que un periodista diga la verdad: puede
merecer cuatro años de cárcel si el demandante
asegura que esa verdad dañó su prestigio.
En otras palabras, Arturo Montiel podría demandar
prácticamente a todos los medios del país
que divulgaron datos de su fortuna inexplicable, porque
esa divulgación afectó sus posibilidades a
la Presidencia.
La estricta aplicación de ese artículo mandaría
a prisión a buena parte de los periodistas mexicanos.
Más aún, el espíritu del artículo
haría imposible el ejercicio del periodismo en México.
Son leyes, pues, absolutamente anacrónicas y, por
lo mismo, se aplican muy de vez en cuando en nuestro medio.
Sin embargo, están ahí como una espada de
Damocles para ser usadas cuando conviene a un poderoso o
una autoridad indignada.
Yo no pedí estar aquí; fueron ellos los que
prácticamente me secuestraron y me obligaron a defenderme.
Las autoridades de Puebla han dicho que al recurrir a los
medios he politizado el asunto, pero han sido ellos los
que convirtieron una querella entre dos particulares en
un asunto político al involucrarse directamente el
Ejecutivo para forzar una aprehensión y una sentencia.
LA PERSECUCION
Aunque la denuncia debió ser presentada en Quintana
Roo, donde sucedieron los hechos, o en el Distrito Federal,
donde fue publicado el libro, tramposamente se registró
en Puebla, donde el demandante se siente dueño de
la justicia (un dato curioso: la demanda fue presentada
en el Misterio Público Especial para Delitos Electorales.
En efecto, justicia divina, el papel membretado de ese tribunal
reza “Misterio Público” en lugar de Ministerio
Público).
Con todo eso, ¿qué esperaban? ¿Qué
aceptara pasivamente lo que es una evidente compra de la
justicia por parte de un magnate amigo de políticos?
Preferiría estar en Cancún haciendo mi trabajo
de todos los días. Pero ya que estoy en esta batalla
en contra de mi voluntad, sería conveniente convertir
este caso en el pretexto para cambiar de una vez por todas
esas oscuras leyes, vestigios del antiguo régimen.
Es tal la indignación que ha generado la persecución
política de la que he sido objeto que bien podría
convertirse en el motor de algo más importante, más
trascendente, para dejar atrás esta absurda mordaza
o amenaza al ejercicio periodístico y al derecho
de la sociedad a ser enterada de las malas prácticas
y los vicios de la vida pública.
En lo que a mí respecta, no tengo dudas de que bajo
un tribunal imparcial soy inocente de ambos cargos. Las
menciones de Kamel Nacif en el libro carecen de dolo y son
extraídas del propio testimonio de las víctimas
del pederasta Succar Kuri que se encuentra en expedientes
de la PGR.
Y por lo que respecta al daño a la reputación
de Nacif, fácilmente se puede comprobar que tal reputación
se encontraba ya en entredicho por las numerosas notas periodísticas,
publicadas antes de la edición del libro, relativas
a su detención por el FBI, sus relaciones con el
juego y el presunto lavado de dinero en Las Vegas, los escándalos
con el Fobaproa y las denuncias por acoso sexual en sus
maquiladoras.
El libro Los demonios del Edén, origen de esta denuncia,
lleva como subtítulo “El poder que protege
a la pornografía infantil”. Nunca como ahora
estoy convencida del enorme poder de estas redes, capaces
de mover gobiernos y violar las leyes en detrimento de los
que se atreven a denunciar sus prácticas y defender
a sus víctimas.
UNA NOTA MÁS SOBRE KURI Y NACIF
Jean Succar Kuri es un hotelero de Cancún, de origen
libanés, actualmente preso en Chandler, Arizona,
sujeto a juicio de extradición para responder por
los delitos de pederastia y pornografía infantil.
La denuncia por parte de sus víctimas y la orden
de aprehensión en su contra se efectuaron antes de
que yo conociera a las niñas objeto de abuso.
Posteriormente, en mi carácter de directora del Centro
Integral de Atención a Mujeres víctimas de
la violencia, conocí su caso y apoyé su recuperación
física y psicológica. Me decidí a escribir
un libro cuando me di cuenta de las poderosas redes de apoyo
con las que contaba Succar Kuri, las cuales le habían
permitido fugarse y amenazaban con dar “carpetazo”
al proceso judicial y, eventualmente, dejarlo libre.
Kamel Nacif es mencionado cuatro o cinco veces en mi libro.
Su nombre aparece en los testimonios de las víctimas,
quienes lo señalan como uno de los amigos que solían
acudir a reuniones de Succar, y éste mismo lo menciona
como uno de sus poderosos protectores.
Para explicar quien era Nacif, me remití a notas
periodísticas publicadas en el pasado que dan cuenta
de los antecedentes de este empresario con escándalos
en Las Vegas por lavado de dinero, antecedentes de acoso
sexual en sus maquiladoras, denuncias laborales en sus empresas
y su condición de beneficiario del Fobaproa.
*Periodista y directora del Centro Integral de Atención
a las Mujeres (CIAM) de Cancún.
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