CUARZO ROSA
¿Qué
me pasó?
Cecilia
Lavalle Cimac | México, DF
¡La
culpa la tenemos nosotras! ¡Nadie más! Vamos
por el mundo diciendo una cosa, proclamando una cosa. Empeñamos
media vida en esas convicciones. Y de pronto, resulta que
somos lo que no queremos, lo que luchamos por modificar.
¿Por qué? Porque educación es más
fuerte que convicción.
Celia
hablaba de corrido, sin parar y casi sin respirar. Ahí
me tienen. Soy una feminista, ¿verdad? Ando por la
vida reivindicando al feminismo como una lucha por la equidad
entre hombres y mujeres.
Ando
por la vida diciéndole a quien quiera oír
que ser diferentes no significa ser inferiores, que las
mujeres nacimos con útero pero también con
cerebro; que las actividades domésticas no tienen
porque ser un asunto exclusivo de las mujeres, que para
que haya equidad los hombres deben también asumir
como propias las actividades domésticas, el cuidado
y atención de los hijos y las hijas.
Y
verdaderamente creo en eso. Entonces, ¿qué
me pasó? Ninguna se atrevía a interrumpirla;
aunque en realidad no hablaba con nosotras. Se trataba más
bien de una reflexión en voz alta.
Diríamos
que mi marido es un hombre bastante equitativo, ¿verdad?
En una escala del 1 al 10 le pondríamos 8, ¿verdad?
Y comparado con el esposo de María o de Brenda, le
ponemos 12, ¿verdad?
Por
qué entonces un día despierto y me doy cuenta
que la que en realidad lleva el peso de la casa, soy yo;
que la que está realmente a cargo del cuidado y atención
de nuestros hijos, soy yo; que la que no ha podido tomarse
un fin de semana para ver sus películas favoritas,
soy yo; que la que se está haciendo cachitos para
dividir y multiplicar su tiempo entre las cosas que debe
y quiere hacer, ¡soy yo!
Si
buena parte de las actividades domésticas y de atención
a los hijos antes eran compartidas, ¿en qué
momento retomé todo el trabajo? Porque estoy segura
que poco a poco fui yo la que retomó la coronita
de “reina del hogar”. Tanto esfuerzo y trabajo
de ambos para crecer como pareja en la equidad, y a la primera
oportunidad ¡ejerzo el papel que dicen que nos es
natural!
¡Que
natural ni que nada! Es la educación, grabada, tatuada
en el alma desde hace tantas generaciones que ya perdimos
la memoria. La mujer sumisa y domesticada que todas llevamos
dentro se sobrepone a nuestras convicciones. Y nos toma
por sorpresa, y nos gana terreno como espía en guerra.
Hasta
que un día, nos despertamos abrumadas, agotadas,
enojadas, mientras nuestros maridos, para descansar de una
temporada de trabajo agotadora, se van a visitar a sus amigos
a otra ciudad; o nos cuentan que entraron a un torneo y
los entrenamientos ocuparán todas sus tardes; o destinan
un fin de semana para tomar un curso antiestrés.
Y lo único que a una se le ocurre preguntarse es
¿y yo, cuándo?
Se
hizo un silencio solemne, como cuando una se mira en el
espejo y ve las arrugas que no había querido ver.
Si
educación supera convicción –siguió
Celia-, entonces voluntad y conciencia deben superar educación.
No hay de otra. Hay que reeducarnos. Y garbar otro mensaje
y borrar el tatuaje.
Por lo pronto –dijo viéndonos a los ojos por
primera vez- ¿alguien me quiere enseñar a
manejar en carretera? Porque en mis próximas vacaciones
¡manejo yo!
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
2005/CL/SJ
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