Patricia
Briseño, corresponsal Cimac | Oaxaca
Una
letrina, una cocina y una galera promete el Programa de
Jornaleros Agrícolas (PRONJA) a las mujeres de Coatecas
Altas, en la región de la Sierra Sur de Oaxaca, a
cambio de que se vayan a trabajar en la pizca en los campos
agrícolas de Sinaloa y Sonora.
El
arraigo a su pueblo tiene un costo, la miseria. Para las
indígenas zapotecas que aún quedan en Coatecas
Altas, población ubicada a 40 minutos de la capital
oaxaqueña, emigrar es condición para recibir
los beneficios del programa oficial de la Secretaría
de Desarrollo Social (SEDESOL).
Un requisito indispensable para obtener la letrina o mejorar
la cocina que otorga el gobierno federal es un documento
no oficial que extienden ha quien ha sido contratado para
la pizca de tomate y otros productos agrícolas en
Sonora o Sinaloa, señala el presidente municipal
de Coatecas Altas, Jerónimo Tomás Santiago.
PRONJA
NO AYUDA A QUIENES SE QUEDAN
Por
su parte, el delegado del PRONJA, Ricardo Díaz Cruz,
descartó que este programa del gobierno federal pueda
“ayudar” a quienes se quedan.
En primera persona, el funcionario oaxaqueño asegura
“no puede ayudar a las personas que se quedan. Yo
sólo ayudo a quienes comprueben que son jornaleras
emigrantes. Esa es la población a la que yo beneficio”
En opinión del funcionario federal, “las mejoras
en las condiciones de vida de las y los jornaleros están
a la vista”. ¿Aunque no vivan en la comunidad?
La pregunta no tuvo respuesta de Díaz Cruz.
En efecto, las casas de los jornaleros fueron rehabilitadas
por el Programa previó pago del 80 por ciento del
costo total. Los domicilios lucen vacíos y las letrinas
ecológicas no fueron instaladas.
El
año pasado el PRONJA registró la salida de
125 mil mujeres oaxaqueñas para contribuir con la
agricultura de los estados de Sinaloa, Sonora, Jalisco,
Michoacán, Tamaulipas, Baja California y Baja California
Sur.
En
el mismo lapso salieron 70 mil niñas y niños
de entre nueve y 11 años de edad para trabajar a
veces toda la jornada o bien cinco horas, a pesar de que
en México eso no está permitido por la Ley
Federal del Trabajo.
En 15 años ésta cifra se ha incrementado no
sólo en volumen sino que hay más municipios
y más comunidades que migran, confirma la oficina
dependiente de SEDESOL.
MÁS CAMIONES POR LA GENTE
Esta
localidad, catalogada como municipio de alta marginación
y con altos índices de migración temporal
hacia estados del norte del país, cuenta con dos
mil 500 habitantes, cifra que en opinión del presidente
municipal, Jerónimo Tomás Santiago, va a disminuir
debido a que cada vez son más los camiones que transportan
a sus paisanos a los campos agrícolas.
Dos
veces por semana salen de la cabecera de distrito, Ejutla
de Crespo, cinco camiones ocupados por familias zapotecas
de cuatro municipios y nueve localidades cercanas atraídos
por la “oferta” de trabajo.
Llegar a los campos agrícolas de Sinaloa representa
entrar a la antesala de un futuro incierto pero, “al
menos tienen comida segura, además a veces se les
pagan en dólares”, dice Isabel Santiago Hernández.
La
tierra estéril predomina y pequeños remolinos
envuelven a los nopales, magueyes, guamuchil y güizaches
que en forma natural brotaron de la aridez. Este panorama
le inyecta confianza a Ángeles para internarse en
el desierto de Arizona.
ÁNGELES, EL SUEÑO INCIERTO, AQUÍ Y
ALLÁ
“Sólo necesito agua para beber y comida para
tres días. Voy a poder cruzar el desierto porque
estoy acostumbrada a caminar entre la tierra seca”,
dice mientras ignora las dificultades reales del desierto
como las altas temperaturas y otros peligros.
Ángeles abandonó el Colegio de Bachilleres,
prefiere irse con un grupo de vecinos y vecinas a probar
suerte del otro lado, aunque esto implique jugarse la vida,
luego compara “otras arriesgan más porque se
van embarazadas, yo porque no”.
Ángeles no quiere ser jornalera como lo han sido
gran parte de sus familiares, para ella ser jornalera significa
quedarse en México y “no avanzar”, en
cambio está segura que en Estados Unidos va a salir
adelante y “mi mamá podrá tener un baño,
una cocina de material y dejará de hacer fila esperando
la ayuda de Oportunidades”.
El futuro en Coatecas Altas es incierto para Ángeles,
una adolescente que estima será muy difícil
que las cosas puedan cambiar en su pueblo, como también
es incierto el sueño de dejar México.
TRES
DÉCADAS DE MIGRACIÓN
Según
las habitantes de Coatecas irse del pueblo es una tradición
arraigada hace 30 años, cuando mujeres y hombres
partieron de Oaxaca a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas,
a la cosecha de algodón. Luego, atraídos por
la paga y la cercanía con Estados Unidos enfilaron
para Culiacán, un destino vigente hasta la fecha.
En el Valle de Culiacán -una de las zonas de producción
de hortalizas y granos básicos más importantes
y ricos del país- la mano de obra que se utiliza
es en un 90 por ciento de migrantes, de los cuales 80 por
ciento van desde los estados de Oaxaca y Guerrero, a quienes
se les paga poco y se les mantiene en condiciones de esclavitud.
En
el país, se calcula que son alrededor de seis millones
de jornaleros, pero en la temporada alta la cifra de jornaleros
es de hasta 200 mil; poco menos de la mitad son niños
y adolescentes, que acompañan a sus padres a la pizca,
donde son considerados –según especialistas
y organizaciones de derechos humanos-como esclavos, pues
viven en condiciones de explotación, hacinados en
casuchas, sin servicios médicos ni agua potable.
2005/PB/SJ