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martes 10 de mayo de 2005
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Serie de ocho reportajes sobre mujeres inmigrantes en España de diferentes edades, profesiones y llegadas en distintos años



La migración tiene nombre y rostro:

Diana, entre inmigrante y población carcelaria
-Segunda parte, de ocho-

Fabiola Calvo
, corresponsal Cimac | Madrid

Diana tiene 54 años y cambió su nombre para no implicar a la familia en su trasegar con la prostitución y la droga, para no complicarle la vida con sus estancias en las cárceles en Estados Unidos y España.

La pobreza, la falta de escolaridad, la violencia doméstica han acompañado la vida de esta mujer alta, corpulenta y rubia, que aventura a pensar en una relación consanguínea con un asentamiento alemán en Colombia, pero, que, aún así, conserva los rastros indígenas que hablan del mestizaje.

Se encuentra en el tercer grado carcelario en Madrid. Vive en un departamento junto a otras mujeres que están en similares circunstancias que trabajan en el día y regresan a dormir en la noche.

Diana, trabaja en el servicio doméstico con un contrato en una casa que por sus comentarios, todo parece indicar que se trata de una pareja que vive en negocios ilícitos, pero es que “nadie me quiere dar trabajo, nadie cree que yo no quiero volver a esa vida. Tampoco tengo edad para hacerlo”.

Llegó al aeropuerto internacional de Barajas hace seis años y fue detenida porque “venía muy pálida y nerviosa, y los perros detectaron que traía droga”.

Efectivamente expulsó las bolas de goma pasadas tres horas y así inició de nuevo la vida carcelaria que ya había experimentado. En el juicio fue condenada a nueve años por lo que siguió en la penitenciaria de Soto del Real y luego pidió traslado para Ávila.

Entró a engrosar las cifras que sobre delincuencia extranjera se almacena y crece en los estudios, que dicen que entre 1998 y 2001 pasó de 28 mil a 58 mil ocupando la nacionalidad colombiana un tercer lugar, con el 3,5 por ciento después de Marruecos, Argel y Rumania, según el Instituto Universitario de Investigación sobre Seguridad Interior.

Diana repetía su historia. Ya había pasado por una prisión federal de Estados Unidos de América, en San Juan, Puerto Rico, donde trabajaba, “en soldadura y teléfonos para la guerra”.

“Ya ve usted –asegura-, fueron cinco años que de alguna manera aproveché. Aprendí inglés y terminé mis estudios. Si, si, terminé bachillerato”, dice con una buena dosis de orgullo.

Para su primer viaje en 1991, el contacto le entregó la visa y los pasajes, además, le aseguró que nada le pasaría puesto que por su presencia no levantaría ninguna sospecha. “Muy convencida, le creí puesto que seis meses atrás había coronado una mercancía en Nueva York. No fue así, caí en Miami”.

Entre suspiros y una tazas de café Diana prosigue: “Lo único positivo de esa etapa de mi vida fue que mi hermano dejó la droga. Se había enviciado y yo no trabajaba para eso, yo quería lo mejor para mi familia, les enviaba dinero… pero claro cuando murió mi mamá perdí las ganas de vivir”.

Con su acento seseado y delicadas maneras, Diana seca un ligero lagrimeo y dice muy despacio: “yo nunca pensé hacerle daño a otra persona. Yo quería el dinero para mí y mi familia. Ahora que veo a la gente en la cárcel que está enganchada, no se me ocurre pensar que yo he ayudado a hacerle daño”.

La mujer se muestra dispuesta a continuar hablando sobre su vida y hasta parece que fuese una terapia, además, expresa que siente que con la entrevista es importante para alguien.

Pasó por una infancia sin recursos económicos. Tenía cuatro años cuando su madre decidió separarse de su padre porque se enamoró de otro hombre. “No sé qué le vio mi mamá a ese tipo que no le daba un peso y encima la golpeaba, le daba cuchillo. Tuvo muchos embarazos perdidos. “Fue una vida muy difícil pero aprendí que nunca un hombre me pondría la mano encima”.

Diana asumió la responsabilidad de sus dos hermanos menores después que terminara la primera relación con un joven con quien se “voló” de la casa. Sin otro camino que no fuese “convertirme en sirvienta”. Empezó a ejercer la prostitución.

Como si recitara, saca de su memoria nombres de importantes políticos y personalidades de Colombia que desfilaron por los lugares donde ella ejerció en Ibagué , Casa de Carro Loco: Bogotá, Torito Sentado, y en Pereira, casa de gente “que aún me produce risa y náuseas cuando la veo en la tele. Consumen la coca, ayudan al tráfico y luego los veo como honorables padres de la patria”.

De Manizales, recuerda a toreros, periodistas en las casas más lujosas que la hicieron sentir “madame…”. “Pero todo esto que hoy le cuento no deja de decirme el grado de corrupción que existe en mi país”.

La pregunta sobre el por qué se vinculó al tráfico de drogas, la respuesta parecía sabida: “Con el hombre que vivía en ese entonces, era auxiliar de chef y un tipo lo convenció para que fuese cargado a Nueva York. Yo hipotequé la casa y me fui también cargada a Estados Unidos. Gané cinco mil dólares.

Luego viajó a Italia, Alemania, Holanda, Argentina y, finalmente, a España. “He sido bandida pero muy honrada, no le robado nada a nadie”.

Dice que ha disfrutado del dinero pero también se ha castigado mucho. De la última prisión he sacado cosas buenas: madurez y responsabilidad”. Cree que hubiese sido mejor quedarse en la prostitución pero es como “convertirse en sanitario público”

Diana no se atreve a hablar del sistema penitenciario español, sólo comenta que escuchó gritos por torturas pero que no puede hablar. A ella la han tratado bien, tiene buena comida, médico, medicinas. En la cárcel reina el silencio para evitar problemas. Reza todos los días y vive en una celda limpia y ordenada.

Quiere regresar a Colombia, llevar una vida normal al lado de sus hermanas, hermano y los hijos de su sobrina, a quienes considera, sus nietos. No quiere olvidar porque es la vida que le tocó vivir en una sociedad que no le “dio ninguna oportunidad”.

Se comunica con su familia aprovechando las tarjetas de cinco euros. Esas conversaciones, hace que los sienta cerca, siente alegría y ganas de seguir batallando “por otros caminos. Tengo años pero también esperanzas”.

2005/FC/SJ


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