Serie de ocho reportajes sobre mujeres inmigrantes en España
de diferentes edades, profesiones y llegadas en distintos
años
La migración tiene nombre y rostro:
Diana, entre inmigrante
y población carcelaria
-Segunda
parte, de ocho-
Fabiola Calvo, corresponsal Cimac | Madrid
Diana
tiene 54 años y cambió su nombre para no implicar
a la familia en su trasegar con la prostitución y
la droga, para no complicarle la vida con sus estancias
en las cárceles en Estados Unidos y España.
La
pobreza, la falta de escolaridad, la violencia doméstica
han acompañado la vida de esta mujer alta, corpulenta
y rubia, que aventura a pensar en una relación consanguínea
con un asentamiento alemán en Colombia, pero, que,
aún así, conserva los rastros indígenas
que hablan del mestizaje.
Se
encuentra en el tercer grado carcelario en Madrid. Vive
en un departamento junto a otras mujeres que están
en similares circunstancias que trabajan en el día
y regresan a dormir en la noche.
Diana,
trabaja en el servicio doméstico con un contrato
en una casa que por sus comentarios, todo parece indicar
que se trata de una pareja que vive en negocios ilícitos,
pero es que “nadie me quiere dar trabajo, nadie cree
que yo no quiero volver a esa vida. Tampoco tengo edad para
hacerlo”.
Llegó
al aeropuerto internacional de Barajas hace seis años
y fue detenida porque “venía muy pálida
y nerviosa, y los perros detectaron que traía droga”.
Efectivamente
expulsó las bolas de goma pasadas tres horas y así
inició de nuevo la vida carcelaria que ya había
experimentado. En el juicio fue condenada a nueve años
por lo que siguió en la penitenciaria de Soto del
Real y luego pidió traslado para Ávila.
Entró
a engrosar las cifras que sobre delincuencia extranjera
se almacena y crece en los estudios, que dicen que entre
1998 y 2001 pasó de 28 mil a 58 mil ocupando la nacionalidad
colombiana un tercer lugar, con el 3,5 por ciento después
de Marruecos, Argel y Rumania, según el Instituto
Universitario de Investigación sobre Seguridad Interior.
Diana
repetía su historia. Ya había pasado por una
prisión federal de Estados Unidos de América,
en San Juan, Puerto Rico, donde trabajaba, “en soldadura
y teléfonos para la guerra”.
“Ya
ve usted –asegura-, fueron cinco años que de
alguna manera aproveché. Aprendí inglés
y terminé mis estudios. Si, si, terminé bachillerato”,
dice con una buena dosis de orgullo.
Para
su primer viaje en 1991, el contacto le entregó la
visa y los pasajes, además, le aseguró que
nada le pasaría puesto que por su presencia no levantaría
ninguna sospecha. “Muy convencida, le creí
puesto que seis meses atrás había coronado
una mercancía en Nueva York. No fue así, caí
en Miami”.
Entre
suspiros y una tazas de café Diana prosigue: “Lo
único positivo de esa etapa de mi vida fue que mi
hermano dejó la droga. Se había enviciado
y yo no trabajaba para eso, yo quería lo mejor para
mi familia, les enviaba dinero… pero claro cuando
murió mi mamá perdí las ganas de vivir”.
Con
su acento seseado y delicadas maneras, Diana seca un ligero
lagrimeo y dice muy despacio: “yo nunca pensé
hacerle daño a otra persona. Yo quería el
dinero para mí y mi familia. Ahora que veo a la gente
en la cárcel que está enganchada, no se me
ocurre pensar que yo he ayudado a hacerle daño”.
La
mujer se muestra dispuesta a continuar hablando sobre su
vida y hasta parece que fuese una terapia, además,
expresa que siente que con la entrevista es importante para
alguien.
Pasó
por una infancia sin recursos económicos. Tenía
cuatro años cuando su madre decidió separarse
de su padre porque se enamoró de otro hombre. “No
sé qué le vio mi mamá a ese tipo que
no le daba un peso y encima la golpeaba, le daba cuchillo.
Tuvo muchos embarazos perdidos. “Fue una vida muy
difícil pero aprendí que nunca un hombre me
pondría la mano encima”.
Diana
asumió la responsabilidad de sus dos hermanos menores
después que terminara la primera relación
con un joven con quien se “voló” de la
casa. Sin otro camino que no fuese “convertirme en
sirvienta”. Empezó a ejercer la prostitución.
Como
si recitara, saca de su memoria nombres de importantes políticos
y personalidades de Colombia que desfilaron por los lugares
donde ella ejerció en Ibagué , Casa de Carro
Loco: Bogotá, Torito Sentado, y en Pereira, casa
de gente “que aún me produce risa y náuseas
cuando la veo en la tele. Consumen la coca, ayudan al tráfico
y luego los veo como honorables padres de la patria”.
De
Manizales, recuerda a toreros, periodistas en las casas
más lujosas que la hicieron sentir “madame…”.
“Pero todo esto que hoy le cuento no deja de decirme
el grado de corrupción que existe en mi país”.
La
pregunta sobre el por qué se vinculó al tráfico
de drogas, la respuesta parecía sabida: “Con
el hombre que vivía en ese entonces, era auxiliar
de chef y un tipo lo convenció para que fuese cargado
a Nueva York. Yo hipotequé la casa y me fui también
cargada a Estados Unidos. Gané cinco mil dólares.
Luego
viajó a Italia, Alemania, Holanda, Argentina y, finalmente,
a España. “He sido bandida pero muy honrada,
no le robado nada a nadie”.
Dice
que ha disfrutado del dinero pero también se ha castigado
mucho. De la última prisión he sacado cosas
buenas: madurez y responsabilidad”. Cree que hubiese
sido mejor quedarse en la prostitución pero es como
“convertirse en sanitario público”
Diana
no se atreve a hablar del sistema penitenciario español,
sólo comenta que escuchó gritos por torturas
pero que no puede hablar. A ella la han tratado bien, tiene
buena comida, médico, medicinas. En la cárcel
reina el silencio para evitar problemas. Reza todos los
días y vive en una celda limpia y ordenada.
Quiere
regresar a Colombia, llevar una vida normal al lado de sus
hermanas, hermano y los hijos de su sobrina, a quienes considera,
sus nietos. No quiere olvidar porque es la vida que le tocó
vivir en una sociedad que no le “dio ninguna oportunidad”.
Se
comunica con su familia aprovechando las tarjetas de cinco
euros. Esas conversaciones, hace que los sienta cerca, siente
alegría y ganas de seguir batallando “por otros
caminos. Tengo años pero también esperanzas”.
2005/FC/SJ
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