Serie de ocho reportajes sobre mujeres inmigrantes en España
de diferentes edades, profesiones y llegadas en distintos
años
La migración tiene nombre y rostro:
Susy de profesora
de idiomas a empleada doméstica
-Tercera
de ocho partes-
Fabiola Calvo, corresponsal Cimac | Madrid
A
Susy, le decían sus amigos que “en España
se ganaba bien y la vida era tranquila”, así
que no dudó en arreglar la maleta, abandonar a Kiev
y emprender la aventura con su marido sin conocer ni una
sola palabra en castellano
Oksana
Dasurenko o Susy como le dicen en el país de adopción
daba clases de Inglés y Alemán en un instituto
en la capital de Ucrania, antiguo país de la desintegrada
Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
(URSS).
Tanto
ella como su marido, un abogado criminalista, están
acostumbrados al trabajo físico e intelectual, uno
y otro parte de la formación recibida en el anterior
sistema. Hoy Susy se desempeña como empleada doméstica
y él como obrero de la construcción.
Durante los seis años que lleva en España,
nunca le ha faltado el trabajo ni ha sufrido discriminación,
lo cual no es difícil de entender con su nivel de
formación, don de gente, 1.70 de estatura, tez muy
blanca, cuerpo delgado, expresión serena y cabello
rojizo.
Llegaron
con visa y en el trasegar de las oficinas del consulado
español en Kiev, conocieron a un polaco que fue quien
les alquiló una habitación en Leganés,
pueblo de la Comunidad de Madrid y límite con la
capital de España.
“El
polaco nos engañaba y nos quitaba dinero”,
explica la ucraniana mientras plancha una camisa en casa
de una colombiana. “Él nos ayudó a conseguir
trabajo pero se quedaban con casi todo el dinero. Mi marido
trabajó en la construcción cuatro meses y
sólo le pagaron uno”.
Son
las redes que forman grupos de personas para explotar a
otros, en este caso, a quienes vienen de los antiguos países
del este, pero que igual sucede entre los chinos, los africanos
y los latinoamericanos.
Tampoco
a Susy le pagaron todo su trabajo. El polaco la llevó
para que trabajara en casa de una hindú. “Yo
trabajaba desde las nueve de la mañana hasta las
siete de la tarde y me pagaron por dos meses sólo
300 euros. Siempre salía llorando hasta que dije,
¡No más! Y lo dejé.
El
apoyo lo recibió de un español, portero del
edificio donde ella residía. El hombre le ayudó
a encontrar trabajo como externa cuidando tres niños.
“Estaba medio día y en la tarde empecé
a trabajar por horas. Estuve dos años así,
ahora sólo trabajo por horas”.
Susy
entró en la regularización de 2001. Presentó
una oferta de trabajo –que le dieron en la casa de
los niños-, su pasaporte actualizado y empadronamiento
con el objetivo de obtener el permiso de trabajo y residencia.
Atrás quedó la visa como turista y religiosamente
paga mes a mes al Estado, la seguridad social.
PROFESORA
DE IDIOMAS EN UCRANIA
No
trabaja como profesora de idiomas porque los trámites
tardan mucho, “no hay tanto trabajo y me pagan mejor
en el servicio doméstico”.
Siente
el deseo de regresar a Ucrania porque echa de menos a sus
dos hijas y ellas la necesitan. Acuden las lágrimas
a sus pequeños ojos y aflora un sentimiento de culpa
“pero mire, en mi país pagan muy mal. Yo ganaba
70 euros (ahora pagan a profesores 200) y no alcanzaba para
hacer una casa y pagar estudio a mis hijas”.
En
Ucrania, según cifras localizada en Internet, del
11,7 de desempleados, el 49 por ciento corresponde a mujeres
(Porcentaje de la Población Económicamente
Activa)
La
hija mayor, recién acaba de ser admitida en la universidad
en Kiev y, al contar ese logro, la madre saca una sonrisa
que deja entrever oro en un premolar, vieja costumbre tanto
de su país como de algunos países latinoamericanos.
Un
alto porcentaje (94 por ciento) de mujeres terminan la educación
secundaria en el territorio que hasta hace 14 años
perteneció a Rusia.
Susy
también envía dinero a su padre y a su madre
que a pesar de sus 59 y 53 años, se ven envejecidos,
según se observa en la foto que enseña Susy,
por el duro trabajo físico en el campo y la inclemencia
de los fríos ucranianos, pero no obstante la esperanza
de vida al nacer es de 68 años.
Tanto
Susy como su marido quieren regresar a Ucrania para estar
con sus hijas y sus padres que “se hacen mayores”.
Para ella, la compañera de viaje ha sido la nostalgia
aunque no añora el trabajo duro de la casa de su
padre.
Para
esta mujer ha sido fundamental la compañía
y apoyo de su marido con quien toma las decisiones y resuelve
la vida cotidiana. Si ella no está o no puede, él
se ocupa de las tareas domésticas. “Así
son los hombres de mi país”, pero que reclaman
que sus mujeres lleven su apellido una vez se casan, así
puedan optar por mantener el de solteras. También
los bienes están a su nombre.
CON
NUEVAS ESPERANZAS
Ucrania
tiene su esperanza puesta en Víctor Yushchenko, el
nuevo presidente y jefe de estado. Susy espera que él
cumpla las promesas que mejorarán la situación
de su país. “Aunque la verdad mi país
es tranquilo, no tenemos problemas de droga pero no hay
trabajo”.
Las
últimas elecciones coincidieron con un viaje que
la pareja tenía para reunirse con su familia en Kiev.
Estaban en carretera y apuraron todo lo que les fue posible
para participar en la jornada democrática.
El
retorno de ambos parece que está cerca. Él
se marchará para terminar la casa y vendrá
cada tres meses. Susy continuará con su trabajo por
lo menos dos años más.
En
Ucrania pueden regresar a sus trabajos. Ella a enseñar
idiomas –Habla cinco- y él, por el peligro,
dejará el suyo para buscar algo diferente.
El
momento les permite disfrutar de la compañía
de amigos de todas las nacionalidades, de la familia en
Madrid que ha llegado poco a poco, salidas o reuniones los
domingos y estar en contacto telefónico con la familia.
En
verano van a Ucrania o traen a sus hijas. No importa que
de ida estén tres días en carretera dentro
del coche y al regreso igual. "Estamos juntos".
2005/FC/SJ
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