Serie de ocho reportajes sobre mujeres inmigrantes en España
de diferentes edades, profesiones y llegadas en distintos
años
La migración tiene nombre y rostro:
La negra Loló
Lituba
-Cuarta
de ocho partes-
Fabiola Calvo, corresponsal Cimac | Madrid
Tenía
ocho años cuando abandonó a la República
del Congo, dejó África de la mano de su padre,
un diplomático que vio la posibilidad que sus hijas
recibieran educación diferente en Cuba.
De
aquel día hace ya 20 años y desde entonces
Lituba Loló (en el Congo se usa primero el apellido
y luego el nombre) empezó el aprendizaje de enfrentarse
sola a cualquier problema que la vida le presentara.
Poco
tiempo estuvo con su viejo pues él terminó
su labor y regresó a su país, mientras que
ella marchó a la Isla de la Juventud para realizar
sus estudios de secundaria.
En
la larga travesía transatlántica no la acompañó
su madre sino su madrastra que asumió la actitud
que nos reseñan los cuentos: no hacía llegar
a Loló la ayuda que enviaba su padre, detalles como
jabón o compresas que se hicieron muy necesarios
sobre todo en la crisis económica que vivió
Cuba en 1994, conocida como “período especial”.
Todos
los estudiantes, todas las chicas esperaban con ansiedad
una carta o un paquete que terminaban compartiendo. “Pasamos
un poco de hambre, nos alimentamos con toronja”, dice
Loló dejando entrever su blanca dentadura.
“En
1990, terminaba el convenio de estudios entre Cuba y varios
países africanos, así que nos juntaron a las
diferentes nacionalidades. Fue una etapa feliz de mi vida,
de compartir, de aprender con otras culturas. Éramos
jóvenes del Congo, Zimbabwe, Cabo Verde, Sudán,
Gana y Angola. Los saharaui estaban aparte porque eran muchos”.
Recuerda
los problemas que tuvieron los sudaneses y no por ser refugiados
como suele pasar en los países europeos sino por
ser tímidos, muy altos y delgados. Se comunicaban
poco con el resto.
“Pero
no permanecíamos al margen de los cubanos, nos integramos,
ellos nos recibieron bien, con ellos hacíamos el
día a día y siempre el que tenía repartía.
Eso es lo que más añoro de Cuba”, comenta
esfumándose en el recuerdo mientras entrecruza los
largos dedos de sus manos.
Prosigue:
“En los momentos difíciles siempre estaba alguien
contigo. No contaban las nacionalidades sino la necesidad
y los sentimientos de amistad y compañerismo”.
Terminó
la secundaria y marchó a Cienfuegos a estudiar odontología.
A los dos años de carrera, su vida cambió
después de conocer a un turista español que
residía en Londres y que puso sus ojos en la negra
Loló.
Él
hombre, un camarero inmigrante, conoció a Loló
por unos amigos en común. Al día siguiente
él la invitó a comer a un “paladar”,
aquellos restaurantes clandestinos aparecidos en el “periodo
especial” y en los que se pagaba con dólares.
Luego fueron legalizados.
Los
dueños del restaurante le dieron a Loló 10
dólares, pensando que era cubana. En principio se
negó a recibirlos, pero una vez en sus manos los
entregó al recién conocido. Él se sorprendió.
“¡Cómo no!” dice Loló, “le
pertenecían. Muchos de los turistas que van a Cuba
creen que por ser negra tenemos que recibir sus dádivas”.
La
relación avanzó y terminó en noviazgo.
Entre Londres y Cienfuegos sostuvieron la querencia que
una vez ella terminó sus estudios, trajeron para
España. La africana ya no se sentía en capacidad
de regresar al continente olvidado. “Me formé
en Cuba y creo que no soportaría ni la mentalidad
ni la cultura”.
MUJER
NEGRA Y SIN PAPELES ESPAÑA
En
diferentes ocasiones intentaron impedirle el ingreso a un
hotel porque creían que era cubana. “Y como
mi novio es blanco, cuando me veían con él,
creían que yo era prostituta, que como dicen allá
en Cuba, jinetera”.
Pero
los problemas de la piel, palidecen en Cuba si los comparas
con los vividos en España. Yo llegué en el
2002, entré como turista con una carta de invitación
de mi novio pero que yo redacté, por lo tanto, una
vez que pasaron los tres meses como turista quedé
sin residencia y, también, sin permiso para trabajar.
“Eso
da mucha inseguridad”, asegura Loló que hace
caso omiso al ruido de la cafetería dentro de la
estación Príncipe Pío.
Llegó a Madrid con una imagen idealizada de los españoles,
suponiendo que tendrían que ver con aquellos románticos
que en ocasiones van a la isla con la mirada solidaria.
Empezó a romperla cuando fue rechazada en la clínica
Vitaldent.
“El
hombre que me debía entrevistar me vio, no pudo esconder
su cara de desagrado al verme y me preguntó con burla:
¿Tú…estudiaste odontología?
Después
de ese fiasco se fue a recorrer las calles y a pensar que
iba a hacer. “Vi una peluquería para africanas,
entré, hablé con la dueña, una negra
de Malí, y me dejó trabajando haciendo trencitas.
Trabajaba 11 horas diarias. La dueña tenía
una mentalidad española, no me dejaba un minuto libre.
Si
no había nada para hacer me ponía a limpiar
y si llegaba unos minutos tarde me los descontaba. Era cruel.
Una vez me dijo con desprecio: ¿Tú crees que
siendo negra vas a encontrar trabajo de dentista?”
Para
Loló es doloroso constatar que “los inmigrantes
en España no se ayudan entre sí y además
de tratarse mal, endiosan al español”.
EL
COLOR DE LA PIEL
Con
relación a su color negro, cuenta que su novio tuvo
una depresión porque los miraban mucho en la calle,
él se sentía observado y llegó un momento
que dejaron de salir. “Quién te hace feliz
a ti, los que te miran o yo”, recuerda que le dijo
en algún momento para sacarlo de ese estado de ánimo.
Loló
vive en la paradoja de encontrarse rechazada por la sociedad
pero con la aceptación de la familia de su novio
que la apoya y le da ánimos para salir de su actual
situación. Los suegros dividieron la casa para que
se acomodara la pareja, que sin ninguna solemnidad se casó
el pasado diciembre.
La
mujer negra del Congo en España, trabajó en
un restaurante tres meses. No soportó más
tiempo por el trato del encargado que “pensó
que porque era inmigrante era bruta y no tenía nada
en la cabeza. Para mí fue brusco dejar de atender
pacientes a pasar a soportar un jefe y a clientes que tampoco
te tratan bien. Lloré mucho, pensé que no
podría soportarlo”.
Dice
Loló que la vida le enseñó a aguantar
“y ya en otro trabajo resistí hasta que me
hicieron el contrato de trabajo para solicitar mis papeles
de residencia y trabajo. Me he ganado el respeto y hoy trabajo
los viernes, sábado y domingo, el resto de la semana
estudio para homologar mi título. Espero aprobar
porque los exámenes son para que no pases la prueba”.
Considera
que será muy difícil empezar a trabajar en
su profesión. Coincidencialmente, hace unos días
escuchó una conversación entre dos mujeres
mayores. Una de ellas decía que estuvo en consulta
odontológica y salió un negro para atenderla.
“Ponerle la boca a un negro…No, no, no hice
que llamaran al otro dentista”.
Loló
espera cambios en la sociedad española que está
lejos de comportarse con los inmigrantes como en Inglaterra
o Francia. “La gente mayor es mucho más racista
que los jóvenes”. Por momentos duda y se pregunta
si podrá abrir su propia consulta, pero ella misma
se responde: “No me quejo, he tenido suerte. Veo las
historias de otras chicas que…todo hay que lucharlo.
El color de la piel me seguirá dando disgustos. Estoy
preparada”.
2005/FC/SJ
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