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martes 10 de mayo de 2005
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Serie de ocho reportajes sobre mujeres inmigrantes en España de diferentes edades, profesiones y llegadas en distintos años

Una de tres millones que contribuyen a enriquecer España

Lilia un rostro y un nombre de la inmigración*

Fabiola Calvo, corresponsal Cimac | Madrid

Lilia Sandoval, una argentina con rostro y con nombre, es parte de esos más de tres millones de inmigrantes que contribuyen a crear la riqueza de España, hoy con permiso de trabajo y residencia, pero sin empleo a causa de su embarazo.

Llegó a España hace tres años, cuando apenas contaba 21 años de edad, ya con la experiencia de ser inmigrante pues cuando contaba con 17, abandonó su país y marchó para Bolivia donde terminó sus estudios de bachillerato.

Sus viejos se separaron y eso fue leña para el fuego de su adolescencia. No sabía que hacer con su vida y su madre sentía incapacidad para enfrentar la situación, así que recurrió a su hermano y pronto se vio en La Paz.

Pero Bolivia no es un país que ofreciera puertas para salir de una mala situación económica. Razón por la que su hermano se fue a los Estados Unidos, pero cuando ella y su madre lo quisieron hacer, después de haber vendido todo, ya el país del norte, previendo lo que se venía a causa de la crisis económica Argentina empezó a pedir visados.

“Casi me vuelvo loca, pero por fortuna nos devolvieron el dinero de los tiquetes y con eso me viene a España. Yo no conocía a nadie pero un amigo de un amigo gay me acogió en su casa durante dos meses”, comenta Lilia con una amplia sonrisa que ilumina su rostro, su piel cobriza.

“Empecé a cuidar una señora cinco horas al día y me pagaban 240 Euros al mes. ¿Cómo iba a vivir con esa cantidad? No alcanzaba para pagar ni una habitación, entonces me fui a pedir ayuda al Instituto de la Mujer y a Cáritas. Por fin éstas me consiguieron un trabajo como interna”, recuerda Lilia.

La joven argentina dice que ese trabajo fue una tortura. “La mujer, la patrona, parecía un sargento, muy fría, sólo daba órdenes. Yo cuidaba a sus tres hijos, uno de ellos con problemas mentales. Cuando le daban los ataques me pegaba. Pero no era eso lo peor, sino las jornadas de 17 o 18 horas diarias”.

Dice Lilia que sólo se sentaba media hora para comer. ¡Ah! Y mire usted que también me medía la comida. Cuando me llevaba a la playa o a la sierra, era, claro está para que hiciese todas las tareas domésticas. No aguanté sino tres meses.

Lilia habla de la inmensa soledad y las tristezas que la acompañaron durante ese período que le pareció eterno, fue cuando pensó en suicidarse. Tomó un cuchillo de la cocina pero reaccionó a tiempo. “Me dije: Si hago esto seré una cobarde”, pero el hecho la hizo reflexionar: “Tendré que llevar esta vida hasta que tenga los papeles”.

El sueldo de Lilia era de 840 Euros. Cuando anunció a su patrona que se marchaba, la mujer le pidió disculpas y le propuso quedarse con un aumento. “Quiero una vida digna”, comenta que respondió.

“Con lo que me pagó, más 600 euros que tenía ahorrados, busqué una habitación, pero a la tres días conseguí un nuevo trabajo como interna. Me trataban bien y me hicieron los papeles. Yo pagué 270 Euros a un abogado para que hiciese los trámites y me tocó viajar a mi país para que allá la embajada de España me diera la visa. En ese viaje me gasté mil 500 Euros.

En el nuevo trabajo duré nueve meses, lo dejé porque quería algo mejor. Ya con mis papeles inicie como teleoperadora en la mañana y con una empresa que me contrató para hacer aseo en las tardes.

A los cinco meses la empresa se declaró en quiebra y no recibió ningún pago. Se reunieron varias chicas y presentaron una demanda. Ganaron el juicio y aún les deben dinero.

Lilia enviaba dinero a su madre, pero el esfuerzo parecía innecesario cuando los bancos en Argentina, en pleno corralito, tardaban en entregar el dinero que recibían cientos de familias del exterior.

Finalmente envío dinero a su madre para que se viniese. No soportaba tanta soledad. No tenía amigos ni tiempo para ella.

Luego Lilia estuvo en un locutorio atendiendo a los clientes que visitaban el lugar para llamar al exterior. Primero tres meses, luego otro tres pero una vez el jefe vio lo avanzado de su embarazo se negó a hacerle un contrato.

Lilia no tiene amigos españoles. Los ve egoístas y explotadores. “Se les olvida que llegaron a montones en mi país y los recibimos bien, tuvieron trabajos normales, no como nosotros ahora”, dice con rotundidad la joven que quizá se encuentre en la primera etapa en la que el inmigrante idealiza al país de origen y comporta una actitud negativa frente al país de acogida, o quizá el tiempo le de la razón.

* 1/8

2005/FC/SJ


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