Serie de ocho reportajes sobre mujeres inmigrantes en España
de diferentes edades, profesiones y llegadas en distintos
años
Una de tres millones que contribuyen a enriquecer España
Lilia un rostro y
un nombre de la inmigración*
Fabiola
Calvo, corresponsal Cimac | Madrid
Lilia
Sandoval, una argentina con rostro y con nombre, es parte
de esos más de tres millones de inmigrantes que contribuyen
a crear la riqueza de España, hoy con permiso de
trabajo y residencia, pero sin empleo a causa de su embarazo.
Llegó
a España hace tres años, cuando apenas contaba
21 años de edad, ya con la experiencia de ser inmigrante
pues cuando contaba con 17, abandonó su país
y marchó para Bolivia donde terminó sus estudios
de bachillerato.
Sus
viejos se separaron y eso fue leña para el fuego
de su adolescencia. No sabía que hacer con su vida
y su madre sentía incapacidad para enfrentar la situación,
así que recurrió a su hermano y pronto se
vio en La Paz.
Pero
Bolivia no es un país que ofreciera puertas para
salir de una mala situación económica. Razón
por la que su hermano se fue a los Estados Unidos, pero
cuando ella y su madre lo quisieron hacer, después
de haber vendido todo, ya el país del norte, previendo
lo que se venía a causa de la crisis económica
Argentina empezó a pedir visados.
“Casi
me vuelvo loca, pero por fortuna nos devolvieron el dinero
de los tiquetes y con eso me viene a España. Yo no
conocía a nadie pero un amigo de un amigo gay me
acogió en su casa durante dos meses”, comenta
Lilia con una amplia sonrisa que ilumina su rostro, su piel
cobriza.
“Empecé
a cuidar una señora cinco horas al día y me
pagaban 240 Euros al mes. ¿Cómo iba a vivir
con esa cantidad? No alcanzaba para pagar ni una habitación,
entonces me fui a pedir ayuda al Instituto de la Mujer y
a Cáritas. Por fin éstas me consiguieron un
trabajo como interna”, recuerda Lilia.
La
joven argentina dice que ese trabajo fue una tortura. “La
mujer, la patrona, parecía un sargento, muy fría,
sólo daba órdenes. Yo cuidaba a sus tres hijos,
uno de ellos con problemas mentales. Cuando le daban los
ataques me pegaba. Pero no era eso lo peor, sino las jornadas
de 17 o 18 horas diarias”.
Dice
Lilia que sólo se sentaba media hora para comer.
¡Ah! Y mire usted que también me medía
la comida. Cuando me llevaba a la playa o a la sierra, era,
claro está para que hiciese todas las tareas domésticas.
No aguanté sino tres meses.
Lilia
habla de la inmensa soledad y las tristezas que la acompañaron
durante ese período que le pareció eterno,
fue cuando pensó en suicidarse. Tomó un cuchillo
de la cocina pero reaccionó a tiempo. “Me dije:
Si hago esto seré una cobarde”, pero el hecho
la hizo reflexionar: “Tendré que llevar esta
vida hasta que tenga los papeles”.
El
sueldo de Lilia era de 840 Euros. Cuando anunció
a su patrona que se marchaba, la mujer le pidió disculpas
y le propuso quedarse con un aumento. “Quiero una
vida digna”, comenta que respondió.
“Con
lo que me pagó, más 600 euros que tenía
ahorrados, busqué una habitación, pero a la
tres días conseguí un nuevo trabajo como interna.
Me trataban bien y me hicieron los papeles. Yo pagué
270 Euros a un abogado para que hiciese los trámites
y me tocó viajar a mi país para que allá
la embajada de España me diera la visa. En ese viaje
me gasté mil 500 Euros.
En
el nuevo trabajo duré nueve meses, lo dejé
porque quería algo mejor. Ya con mis papeles inicie
como teleoperadora en la mañana y con una empresa
que me contrató para hacer aseo en las tardes.
A
los cinco meses la empresa se declaró en quiebra
y no recibió ningún pago. Se reunieron varias
chicas y presentaron una demanda. Ganaron el juicio y aún
les deben dinero.
Lilia
enviaba dinero a su madre, pero el esfuerzo parecía
innecesario cuando los bancos en Argentina, en pleno corralito,
tardaban en entregar el dinero que recibían cientos
de familias del exterior.
Finalmente
envío dinero a su madre para que se viniese. No soportaba
tanta soledad. No tenía amigos ni tiempo para ella.
Luego
Lilia estuvo en un locutorio atendiendo a los clientes que
visitaban el lugar para llamar al exterior. Primero tres
meses, luego otro tres pero una vez el jefe vio lo avanzado
de su embarazo se negó a hacerle un contrato.
Lilia
no tiene amigos españoles. Los ve egoístas
y explotadores. “Se les olvida que llegaron a montones
en mi país y los recibimos bien, tuvieron trabajos
normales, no como nosotros ahora”, dice con rotundidad
la joven que quizá se encuentre en la primera etapa
en la que el inmigrante idealiza al país de origen
y comporta una actitud negativa frente al país de
acogida, o quizá el tiempo le de la razón.
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2005/FC/SJ
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