PALABRA
DE ANTÍGONA
Foco rojo en
las políticas de género
Sara Lovera* Cimac
| México, DF
Frente
a los graves problemas del país, la falta de oficio,
de compromiso, y el carácter misógino de los
gobiernos, federal y local, México se encuentra en
un desfiladero. La pobreza extrema, que se trata con tanto
cinismo; la constatación cada vez más clara
de los niveles de violencia contra las mujeres que se incuban
en la sociedad y que el Estado tolera y encubre -datos científicos
de investigadoras serias- nos tienen que llamar la atención.
La
semana que terminó se realizó el importantísimo
Encuentro Internacional de las Experiencias Públicas,
en lo que llamaron las organizadoras “Atención
integral a las mujeres”. En este encuentro se presentaron
estudios e investigaciones que ratifican la sospecha de
que vivimos en un espacio de simulación con respecto
a las necesarias políticas de Estado para enfrentar
la discriminación y la exclusión de más
de la mitad de la población.
De
estas presentaciones, relatadas puntualmente por Cimacnoticias,
me llamó la atención poderosamente un dato
fundamental: es verdad que se han creado instituciones llamadas,
por el lenguaje de Naciones Unidas, mecanismos de la mujer;
tantos, que existen 620 en el nivel municipal. De ellos,
según afirmó la investigadora Dalia Barrera,
sólo funcionan, para el objeto que fueron creados,
17.
Son
pocos, si consideramos que hay en México 2 mil 346
municipios, porque esos 620 mecanismos sólo representan
poco más de la tercera parte de los municipios del
país; y si vemos que sólo 17 funcionan, hablamos
en realidad que nada más sirve menos del uno por
ciento.
¿Y
eso qué quiere decir? Que es demagógica la
acción del Estado; porque, según la investigadora,
estos organismos carecen de recursos, de personal capacitado,
y confunden preocupantemente sus objetivos y sus tareas.
Muchos son asistenciales y no responden a la urgencia de
contribuir al cambio cultural en la vida de las mujeres.
Las palabras, que son vehículo de los pensamientos,
de las creencias y de las intenciones, son claras.
El
encuentro fue de “atención integral”;
esto significa que en el fondo a las mujeres se les considera
vulnerables; se cree que necesitan atención y no
desarrollo, progreso, libertad y dignidad. Una puede sospechar
lo que son los programas que se ponen en marcha, ya de por
sí minusvaluados y sin interés gubernamental,
los cuales además repiten los viejos esquemas que
en México desarrollaron la Secretaría de Salubridad
y Asistencia (SSA) y el Seguro Social hace 60 años.
Las
casas de la asegurada y el rubro asistencial de la SSA eran
“apoyos para las mujeres” con clases de costura,
tejido y confección. Hoy, muchas de estas instituciones
sin programa de género y sin visión, sin poner
a las mujeres en el centro de la política gubernamental,
acaban siendo agencias de asistencia.
El
diagnóstico que resulta de este encuentro va más
allá. Las mujeres, en el nivel municipal, carecen
de representatividad política; sólo 3.2 por
ciento de las alcaldías las preside una mujer. Crece
y se expande la marginalidad de las poblaciones de mujeres
en las comunidades.
Si
una pudiera tener el dato exacto, podría evaluar
cómo se trata a las mujeres claramente en cada municipio.
No sé cuánto dinero se invierte en las famosas
fiestas de XV años que ponen a las mujeres-niñas
en el exhibidor sexual como usables y desechables. No tengo
idea de cómo se continúa educando a las niñas
de este país y no sé qué elementos
se les da a las mujeres adultas para recobrar su estatus
de persona.
Me
pregunto qué quieren decir “atención
integral”, “asistencia”, “consejo”,
o algunos recursos para pequeños proyectos productivos
donde se reproduce la ocupación tradicional de las
mujeres. Tal vez son inversiones para madres solteras o
casas de acogida para mujeres maltratadas sin visión
de género feminista.
Me
gustaría conocer el perfil de las personas responsables
de estas instituciones. Algunas es posible que sean bienintencionadas,
pero sin capacidad para proponer programas de género;
otras tal vez usan el puesto para avanzar en la escalera
política, y quizá otras llegaron ahí
por casualidad y, por lo tanto, no cuentan con las herramientas
para reclamar una política distinta, ni con presupuesto,
ni con herramientas para vigilar la injusticia y enfrentar
la misoginia.
Lo
cierto es que en este estudio de Dalia Barrera -el que presentó
en cifras de participación Alejandra Massolo- la
falta de voluntad política en materia de presupuesto;
la visión de lo que este régimen federal,
estatal y municipal considera acerca de los derechos humanos,
civiles y políticos de las mujeres, nos habla de
grandes vacíos y de una profunda indiferencia.
Creo que para estos tiempos de plataformas electorales y
selección de candidaturas al Congreso de la Unión
éste es un tema central que podría ser empujado
por el movimiento feminista de las mujeres en México.
No conformarse con pequeños cambios y migajas que,
como vemos, no sirven, sino exigir una política de
Estado con una orientación que garantice el avance
de las mujere; que elimine la violencia contra ellas; que
impida que una sola mujer, por el sólo mero de serlo,
viva insegura y sea asesinada impunemente.
Urge
una política de justicia. Denunciar, proponer, construir
con otra mirada. El estudio diagnóstico de Dalia,
de Alejandra y de otras está revelando el límite
de la simulación. No podemos, tampoco, continuar
con acuerdos de élite política, ni con acciones
que quieren tapar el sol con un dedo.
Por
eso urgen mujeres comprometidas con las propias mujeres
-con ellas mismas y con las otras- en los puestos de dirección
de este país; directrices feministas y no asistencialistas
para las mujeres y, por supuesto, voluntad política
de los que todavía mandan.
*Periodista
y feminista mexicana.
05/SL/YT

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