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martes 6 de septiembre de 2005
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OPINIÓN
Palmo de narices

Cecilia Lavalle* Cimac | México, DF

Verdaderamente me divertí. Eso no es serio, me dirán algunos. Es un atrevimiento, me dirán otros. Y tienen razón; pero qué quieren: me pareció una función muy divertida en la que por primera vez el presidente Vicente Fox salió bien librado. Por supuesto, estoy hablando del V Informe Presidencial.

No creo que alguien tuviera idea de que sería un informe fuera de lo tradicional. Ahí estábamos atentos todos y todas las que por algún motivo debíamos ver el informe, y digo “debíamos”, porque lo cierto es que desde siempre ha tenido muy poco rating. Estábamos también afilando uñas (algunos garras) para, a la menor provocación, dar el zarpazo. Y bueno, dicho sea en descarga, en general la situación del país no da para muchos aplausos.

Los legisladores de oposición que hicieron uso de la tribuna tenían ya su discurso listo (¿o fue reciclado del año pasado?) y señalaron lo esperado: que han sido cinco años perdidos, que el presidente es poco menos que autista y que ellos (aquí hacen un énfasis especial en el nombre de su partido) son los verdaderos salvadores de la patria (como si el fracaso de este gobierno -sea del tamaño que usted lo vea- no pasara también por el Congreso; hablan en la tribuna como si no tuvieran responsabilidad alguna en el desastre político nacional, ¡por favor!).

Asimismo, imagino que algunos periodistas tenían con antelación lista su crónica, apenas con los huecos necesarios para señalar cuántas veces se le aplaudió al presidente, cuántas se le interpeló, el nombre de los diputados más rijosos o majaderos; lo de siempre, pues. Algunos editorialistas acaso escribieron de antemano su texto apuntando que el presidente, para no perder la costumbre pintó un país que no es el real, dio cifras alegres, etcétera.

Y, ¡oh sorpresa!, el presidente Vicente Fox nos dejó con un palmo de narices. Llegó, se paró en el podium, en apego a lo que marca la ley entregó su Informe por escrito y, acto seguido, dirigió el mensaje a la nación más corto de la historia moderna de México: 42 minutos. Un mensaje lleno de conceptos de librito acerca de la democracia; un mensaje con frases bien construidas que esconden la falsedad o la relativa verdad de lo que se afirma.

Un mensaje con llamados al consenso para evitar el fracaso de nuestro país (similares a los que decenas de analistas y políticos de altos vuelos han repetido hasta el cansancio); un mensaje sin cifras ni autoelogios evidentes; un mensaje conciliador donde a todos los sectores de la población, empezando por los legisladores, les habló con cariñito. Un mensaje, en fin, de amor y paz.

Llegó un momento en que me dispuse a disfrutar del espectáculo (me faltaron las palomitas, pero al ritmo que iba el presidente no me daba tiempo ni de hacer unas en el microondas). Los más enfurecidos fueron los legisladores del Partido de la Revolución Democrática. Podría apostar que se quedaron con decenas de pancartas y máscaras o matracas con las que pensaban interpelar (en este caso, sinónimo de agredir) al presidente. Apenas si les alcanzó el tiempo para sacar un par de cartulinas con mensajes de crítica y una nariz larga de papel que emulaba al mentiroso Pinocho.

El diputado Pablo Gómez (que parece que siempre está enojado y buscando con quien desquitarse), no daba crédito; se levantó de su asiento y cruzó los brazos como un niño al que le prometieron ir al circo y al final lo llevaron a un parque que ni juegos tenía. Los de su bancada sólo atinaban a gritar: ¡informe!, ¡informe!, ¡informe! Entre los priístas, algunos que al principio tenían cara de perdonavidas terminaron con cara de ¿y aquí qué pasó?, ¿dónde quedó la bolita? Y la cara de los panistas francamente no la vi,porque para entonces tenía un ataque de risa.

Entre mis colegas la reacción fue similar. Un amigo me dijo: “debo llenar una hora con un programa de análisis del Informe y resulta que no hubo tal, ¿qué voy a hacer?” Otro me comentó un poco en broma: A mí que me devuelvan los informes de antes, ésos donde salían a relucir frases como “defenderé al peso como un perro”. No hay derecho de que le echen a perder la crónica a uno.

Y yo podría apostar que el presidente estaba muriéndose de la risa por dentro. Lo vi gozando el momento del desconcierto general como niño que, cansado de ser siempre el que paga los platos rotos, hizo por fin su propia travesura.

Divertimentos aparte, creo que fue una estrategia política bien medida. Decidió volar muy alto para que los “proyectiles enemigos” no lo alcanzaran y programó seis actos públicos en igual número de ciudades para rendir cuentas -ésas sí con abundantes cifras, supongo- a la ciudadanía. El presidente en su discurso les sacó una bandera blanca a los legisladores, pero en los hechos los mandó por un tubo.

Su apuesta, como cuando estaba en campaña política, es quedar bien con la gente, no con la élite política. Su estrategia es vender nuevamente la imagen de un buen líder a través de la cercanía y de una campaña mediática de alta penetración. Su meta es salvar su nombre para la historia. Lo demás, en esta lógica, es lo de menos. Y claro, eso ya no me parece en absoluto divertido.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

*Periodista mexicana

05/CL/YT


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