OPINIÓN
Palmo de narices
Cecilia Lavalle*
Cimac | México, DF
Verdaderamente
me divertí. Eso no es serio, me dirán algunos.
Es un atrevimiento, me dirán otros. Y tienen razón;
pero qué quieren: me pareció una función
muy divertida en la que por primera vez el presidente Vicente
Fox salió bien librado. Por supuesto, estoy hablando
del V Informe Presidencial.
No
creo que alguien tuviera idea de que sería un informe
fuera de lo tradicional. Ahí estábamos atentos
todos y todas las que por algún motivo debíamos
ver el informe, y digo “debíamos”, porque
lo cierto es que desde siempre ha tenido muy poco rating.
Estábamos también afilando uñas (algunos
garras) para, a la menor provocación, dar el zarpazo.
Y bueno, dicho sea en descarga, en general la situación
del país no da para muchos aplausos.
Los
legisladores de oposición que hicieron uso de la
tribuna tenían ya su discurso listo (¿o fue
reciclado del año pasado?) y señalaron lo
esperado: que han sido cinco años perdidos, que el
presidente es poco menos que autista y que ellos (aquí
hacen un énfasis especial en el nombre de su partido)
son los verdaderos salvadores de la patria (como si el fracaso
de este gobierno -sea del tamaño que usted lo vea-
no pasara también por el Congreso; hablan en la tribuna
como si no tuvieran responsabilidad alguna en el desastre
político nacional, ¡por favor!).
Asimismo,
imagino que algunos periodistas tenían con antelación
lista su crónica, apenas con los huecos necesarios
para señalar cuántas veces se le aplaudió
al presidente, cuántas se le interpeló, el
nombre de los diputados más rijosos o majaderos;
lo de siempre, pues. Algunos editorialistas acaso escribieron
de antemano su texto apuntando que el presidente, para no
perder la costumbre pintó un país que no es
el real, dio cifras alegres, etcétera.
Y,
¡oh sorpresa!, el presidente Vicente Fox nos dejó
con un palmo de narices. Llegó, se paró en
el podium, en apego a lo que marca la ley entregó
su Informe por escrito y, acto seguido, dirigió el
mensaje a la nación más corto de la historia
moderna de México: 42 minutos. Un mensaje lleno de
conceptos de librito acerca de la democracia; un mensaje
con frases bien construidas que esconden la falsedad o la
relativa verdad de lo que se afirma.
Un
mensaje con llamados al consenso para evitar el fracaso
de nuestro país (similares a los que decenas de analistas
y políticos de altos vuelos han repetido hasta el
cansancio); un mensaje sin cifras ni autoelogios evidentes;
un mensaje conciliador donde a todos los sectores de la
población, empezando por los legisladores, les habló
con cariñito. Un mensaje, en fin, de amor y paz.
Llegó
un momento en que me dispuse a disfrutar del espectáculo
(me faltaron las palomitas, pero al ritmo que iba el presidente
no me daba tiempo ni de hacer unas en el microondas). Los
más enfurecidos fueron los legisladores del Partido
de la Revolución Democrática. Podría
apostar que se quedaron con decenas de pancartas y máscaras
o matracas con las que pensaban interpelar (en este caso,
sinónimo de agredir) al presidente. Apenas si les
alcanzó el tiempo para sacar un par de cartulinas
con mensajes de crítica y una nariz larga de papel
que emulaba al mentiroso Pinocho.
El
diputado Pablo Gómez (que parece que siempre está
enojado y buscando con quien desquitarse), no daba crédito;
se levantó de su asiento y cruzó los brazos
como un niño al que le prometieron ir al circo y
al final lo llevaron a un parque que ni juegos tenía.
Los de su bancada sólo atinaban a gritar: ¡informe!,
¡informe!, ¡informe! Entre los priístas,
algunos que al principio tenían cara de perdonavidas
terminaron con cara de ¿y aquí qué
pasó?, ¿dónde quedó la bolita?
Y la cara de los panistas francamente no la vi,porque para
entonces tenía un ataque de risa.
Entre
mis colegas la reacción fue similar. Un amigo me
dijo: “debo llenar una hora con un programa de análisis
del Informe y resulta que no hubo tal, ¿qué
voy a hacer?” Otro me comentó un poco en broma:
A mí que me devuelvan los informes de antes, ésos
donde salían a relucir frases como “defenderé
al peso como un perro”. No hay derecho de que le echen
a perder la crónica a uno.
Y
yo podría apostar que el presidente estaba muriéndose
de la risa por dentro. Lo vi gozando el momento del desconcierto
general como niño que, cansado de ser siempre el
que paga los platos rotos, hizo por fin su propia travesura.
Divertimentos
aparte, creo que fue una estrategia política bien
medida. Decidió volar muy alto para que los “proyectiles
enemigos” no lo alcanzaran y programó seis
actos públicos en igual número de ciudades
para rendir cuentas -ésas sí con abundantes
cifras, supongo- a la ciudadanía. El presidente en
su discurso les sacó una bandera blanca a los legisladores,
pero en los hechos los mandó por un tubo.
Su
apuesta, como cuando estaba en campaña política,
es quedar bien con la gente, no con la élite política.
Su estrategia es vender nuevamente la imagen de un buen
líder a través de la cercanía y de
una campaña mediática de alta penetración.
Su meta es salvar su nombre para la historia. Lo demás,
en esta lógica, es lo de menos. Y claro, eso ya no
me parece en absoluto divertido.
Apreciaría
sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
*Periodista
mexicana
05/CL/YT

|