Llamarlas
mentirosas es complicidad
La violencia
de Estado contra las mujeres
Lydia Cacho Cimac
| México, DF
La
violación de las mujeres detenidas en Atenco es de
lo más normal, al menos históricamente. Los
policías siguieron los mismos patrones que durante
siglos han perpetrado los cuerpos militares y policíacos,
no importa si las mujeres irrumpen en el espacio público
o se encuentran en sus hogares, deben ser violadas porque
son el botín de guerra.
Por
eso, por su normalización, ni el gobernador Peña
Nieto ni Wilfredo Robledo el Comisionado de la policía
del Estado de México, Ni Miguel Angel Yunes, subsecretario
de seguridad pública federal, son capaces de reconocer
que la violencia sexual perpetrada contra las mujeres detenidas
durante la manifestación, es cierta, pero sobre todo
que es un delito. Por eso ignoran el trauma psicoemocional
implícito en la tortura sexual de estas mujeres,
en su mayoría jóvenes estudiantes.
Durante
siglos los códigos masculinos de guerra y control
policiaco siguen reglas muy claras: no importa que ya se
haya sometido a un pueblo bajo la dictadura –como
en Argentina, Chile o la antigua Yugoslavia- la prueba de
que el pueblo ha sido controlado es la colonización
del cuerpo de las mujeres, y cuando ellas son activistas
políticas o defensoras de derechos humanos, es decir,
cuando cuestionan el mundo del poder, el castigo es justificado
y alentado por los códigos de poder masculino a través
del abuso sexual, el sometimiento violatorio con objetos
como armas, fusiles o palos, como en Serbia, en Palestina,
en los campamentos Nazis, o en las cárceles Argentinas
y mexicanas.
Para
comprenderlo tal vez baste ver las torturas a los soldados
iraquíes, más allá de las golpizas
la última de las humillaciones fue la violación
anal, con órganos sexuales u objetos. Invadir el
cuerpo es símbolo de controlar la voluntad.
En esta tortura y violación a los derechos humanos
por parte de las autoridades, están implicados como
cómplices intelectuales el Presidente Vicente Fox,
el poder legislativo, el Secretario de Seguridad Pública
federal y por supuesto el Gobernador Peña Nieto y
sus cuerpos policíacos.
Lo
aseguro porque Vicente Fox ha sido el presidente mexicano
que más tratados, convenios y protocolos internacionales
relacionados con Derechos Humanos y violencia contra las
mujeres ha signado en al historia de México. Está
por ejemplo, el Protocolo de Estambul, cuyo propósito
es proteger a las y los detenidos de torturas físicas
y psicológicas, y por supuesto de torturas sexuales.
Estos
protocolos, como el Estatuto de Roma, son convenios civilizatorios
creados para que los países se comprometan públicamente
en la arena internacional y poco a poco mejoren el bienestar
y la calidad de vida de su población a través
de mejores prácticas judiciales.
Pero
para que estos tratados funcionen se necesitan elaborar
reformas penales aterrizadas en el derecho mexicano. La
trampa perversa está en que para aterrizar el protocolo
de Estambul, el gobierno foxista puso como especialistas
a militares y a expertos en Seguridad Pública que
piensan tan parecido a los policías violadores y
a Peña Nieto, que no ven más allá de
sus narices, y en el fondo creen en la tortura como una
buena forma de control social.
Por
eso crearon mecanismos que debilitan este protocolo y otros,
como el de la Convención de Eliminación de
todas las Formas de Violencia Contra las Mujeres (CEDAW).
Baste ver el vergonzoso papel que para su aplicación
hizo Patricia Olamendi, desde la Secretaría de Gobernación
con mucho escándalo y recursos y ningún resultado
para las mujeres víctimas de violencia de Estado.
La
esquizofrenia del sexenio foxista, y sus resultados, se
hace cada vez más evidente en la medida en que las
violaciones a los derechos humanos de la población
no sólo se muestran incontrolables, sino siempre
hallan justificación política en la cultura
de represión e impunidad, que desde el poder desprecia
los derechos humanos de quienes ya no les son políticamente
útiles.
¿Dónde
quedó el apasionado discurso de los derechos de las
mujeres en voz de Fox? ¿Dónde está
la señora Sahagún abanderando a las jóvenes
violadas? No, la defensa de los derechos de las mujeres
nunca aterrizó en políticas de estado palpables
porque no es resultado de la congruencia, sino del oportunismo
político de todos los partidos.
Las
violaciones sexuales perpetradas durante seis horas en el
traslado en camión (viaje que debió durar
dos horas) pusieron a las víctimas en un total estado
de indefensión. Durante y luego de la tortura, una
víctima pasa por sentimientos de temor y pánico,
ansiedad y dolor físico. Lo último que desea
es que un desconocido –como un médico legista
de la prisión- revise sus genitales, la toque y la
lastime.
La
revictimización de las víctimas de violencia
sexual está suficientemente documentada, y por ello
las agencias especializadas de delitos sexuales que existen
en México desde hace años, saben del trauma
secundario y del síndrome de estrés postraumático
que paraliza a las víctimas y las sume en un terror
de ser revictimizadas por sus captores y aliados, como pueden
ser los Ministerios Públicos.
En
el caso de las detenidas de Atenco, el trauma se hace más
evidente, porque aun están bajo la vigilancia de
sus violadores, quienes tienen sus datos personales. Cualquiera
que haya pasado por esas humillaciones será incapaz
de inventar una violación sexual.
La
crueldad e ironía con la que responde a las declaraciones
de las mujeres violadas el comisionado Wilfredo Robledo,
es idéntica a las burlas de Milósevic sobre
los campamentos de mujeres violadas en Sarajevo, de Pinochet
sobre las mujeres torturadas en las cárceles, e igual
a los comentarios burlones y sexistas de Patricio Martínez
en Ciudad Juárez, De Villanueva en Quintana Roo,
de Miguel Angel Yunes en el caso Succar, de Mario Marín
y la Procuradora de Puebla, o del muñequito Peña
Nieto, quien invita con voz suave a olvidar el pasado y
pensar que el fin justifica los medios.
Las
torturas y violaciones a las mujeres de Atenco son producto
de una misoginia estructural, los policías sometieron
a las mujeres en un festín, siguiendo un tradicional
código de ensañamiento y sadismo policiaco
común en México, que justifican de propia
voz hombres como Kamel Nacif o Federico Arreola con un “para
que ellas aprendan, o un: así somos los hombres”.
Estas
torturas sexuales deben ser investigadas hasta sus últimas
consecuencias. Llamar a las mujeres mentirosas es violencia
de Estado, es complicidad.
El
ejercicio de poder en México por hombres de todos
los partidos políticos, se ha caracterizado por un
evidente sexismo y un sistemático rechazo de las
autoridades a reconocer el derecho de las víctimas.
Hablar de los derechos de las mujeres aporta votos, es políticamente
correcto, pero aplicarlos implica compromisos éticos
que muchos no están dispuestos a asumir.
Por
ello miles de mexicanas y mexicanos exigimos a las autoridades
a responder y proteger a las víctimas de tortura
sexual en Atenco, y al Gobernador Peña Nieto a pedir
disculpas a las víctimas y asegurarles protección
para que sean escuchadas y se juzgue a los policías
por los delitos de violación y violación equiparada,
están las actas circunstanciadas con suficientes
elementos para la investigación, que después
de todo se persigue de oficio en el Estado de México.
No
es la justicia ni las leyes, sino la misoginia de los servidores
públicos quienes están castigando nuevamente
a las mujeres de Atenco, primero por estar en una manifestación
pública, luego por ser mujeres y por decir la verdad.
06/LC/LR

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